La barbería lucense de estilo americano que lleva 25 años ganando adeptos

Memphis The Barber Shop es una mezcla entre bar, museo y barbería. «La cerveza es un obsequio para los clientes», cuenta el propietario, Alfonso Roca, que tiene tatuajes de su oficio hasta en la nuca


Lugo / La Voz

Entrar en la Barbería de Alfonso Roca, ‘Memphis The Barber Shop’, en el barrio lucense de A Milagrosa, es emprender un viaje. El Jack Daniels está presente hasta en la lamparita, hay un sinfín de carteles y hasta una caja de cerveza semiescondida bajo el banco en el que esperan los clientes su corte de pelo y barba. Además, este peluquero tiene un brazo entero tatuado con objetos relacionados con su oficio, desde tijeras al mítico sillón. Los dibujos le llegan hasta la nuca. De fondo, en la barbería, suena la radio. Y es que este local es una mezcla entre bar, barbería y museo. Aquí los clientes se pueden beber hasta una cerveza, «es un obsequio para los clientes»; confiesa el propietario, Alfonso. Ahora, cumple 25 años al frente de este negocio, que abrió el 2 de mayo de 1996 «y otros tantos que me quedan porque tengo 45», dice mientras se ríe.

—¿Cómo empezó?

—Estudié el ciclo de formación profesional de Peluquería y Estética tres años. No contento con eso me fui a un centro privado otro año. Después ya me contrataron de monitor. Me fui entonces a la barbería de mi gran maestro, Don Serafín. Entré con un título firmado por el rey emérito y me dijo «muy bonito, pero agárrate a la escoba». Allí fue donde aprendí el oficio de verdad, las técnicas, el afeitado...

—Háblenos de su clientela.

—Aquí vienen clientes de todas las edades. Yo sigo siempre una línea muy clásica, aunque con un toque moderno. La línea más bonita del corte de caballero es la de los años 40 y 50 del siglo pasado.

—¿Cuáles son sus herramientas?

—El corte de pelo lo hago con solo tres herramientas: tijera, máquina y navaja. Máquinas tengo varias porque cada una tiene una función concreta.

—Tiene un séquito de fans.

—Yo nací en este barrio, soy de aquí. Mis clientes son los de siempre. Los abuelos ya traen a los nietos. Esto es muy bonito porque como soy tan conocido en el barrio, aunque tenga esta imagen fuerte y repleta de tatuajes, para la gente de aquí soy uno más.

—¿Cuántas horas trabaja al día?

—Pocas, hay que hacer del negocio una vida, no de la vida un negocio. En realidad, cuatro de mañana y cuatro de tarde.

—¿Se considera atrevido?

—Mi clientela busca lo clásico, es la esencia de esta barbería.

—¿Y cuándo se jubile?

—Es el gran problema porque no tengo herederos. Aquí estoy yo solo, por eso funciono con citas.

—Habrán pasado muchas personalidades lucenses por aquí.

—Y mucho personaje. En 25 años ha pasado gente muy conocida, lo más raro que me han pedido fue un conocido señor que trajo el peluquín años 70, se lo quitó cual visera y me dijo que solo le cortase lo de abajo.

—Es barbero, pero también coleccionista.

—Sí, de antigüedades de barbería que llevo recolectando toda la vida. Me encantan.

—¿Y cómo lleva la pandemia su negocio?

—Al principio hubo miedo, pero me quedo con la parte buena: más limpieza y un trabajo más ordenado.

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