El alegato de un profesor lucense: «No, no todos los jóvenes hacen botellón y son irresponsables»

Dos estudiantes del IES Lucus Augusti de Lugo hablan de la responsabilidad con la que afrontaron la pandemia

De izquierda a derecha: Jesús Corredoira, Iker Sánchez y Lucía Varela
De izquierda a derecha: Jesús Corredoira, Iker Sánchez y Lucía Varela

Lugo / La Voz

Jóvenes con inquietudes, cargados de argumentos, con ideas muy claras y ganas de trabajar. Así habla de sus alumnos Jesús Corredoira, profesor de Lengua Castellana y Literatura del IES Lucus Augusti. «Estoy cansado de leer noticias que hablan de jóvenes problemáticos, que llenan las terrazas y no se ponen la mascarilla o que organizan botellones en tiempos de pandemia. Mi experiencia como profesor me dice que en Lugo hay un futuro esperanzador», cuenta.

Corredoira habla de «alumnos con sensibilidades, capaces de describir y escribir lo que sienten, pero también de denunciar las injusticias e iniciar un debate». Detesta «que se culpabilice a la totalidad de los jóvenes de transmitir el covid-19» y pide que no se generalice. «Desde septiembre hasta la fecha, en el centro no tuve que hacer prácticamente ninguna llamada de atención a alguien que no llevase la mascarilla», añade.

Los jóvenes están cansados, «hemos tenido que incorporar a la vida diaria todas las restricciones. El horario de tarde agudiza una fatiga pandémica innegable. A estas alturas pedirles más es cargarlos demasiado», explica este docente. Corredoira, que da clase de Lengua Castellana y Literatura y de Literatura Universal, vivió este curso académico con expectación, «no apostábamos por un curso como el que estamos teniendo, nos parecía imposible no cerrar el centro. Los contagios no se originaron en el interior de las aulas, vinieron de fuera». Dice que el horario de tarde que tienen los alumnos de bachillerato «ha sido un gran cambio» que supuso un período de adaptación que asumieron «bastante bien». No esconde que las clases de última hora pesan mucho. Esto lo confirman Iker Sánchez y Lucía Varela, estudiantes de primero de bachillerato del IES Lucus Augusti. Ambos asumen que este «es el año en el que mejores notas hemos sacado», pero apostillan que «fue a base de no tener vida». Los dos, sentados alrededor de una de las mesas del instituto, hablan de sus inquietudes más personales. «A mí me gusta mucho dibujar, llevo haciéndolo toda la vida, pero también me atrae la psicología», dice Lucía. «A mí me gusta la música, toco varios instrumentos», contesta Iker. Iker dice que está «sacando mejores notas que nunca, pero es a cambio de todo lo demás». Asume que preferiría «unas notas más bajas» y poder hacer «otras cosas». Los dos hablan de monotonía. A Iker le gusta leer y a ella, dibujar. «Hacemos muchas cosas, intentamos no quejarnos pero es horrible saber que hay gente que piensa que solo estamos de botellón», coinciden los dos estudiantes. Además y en ocasiones, cuenta este profesor, han llegado a retrasar el horario de salida por enfrascarse en algún debate a última hora de la tarde. «Nos han dado más de las diez», confiesa Corredoira.

«Empezamos a salir justo antes de la cuarentena, y nunca más»

Iker y Lucía coinciden al decir que están perdiendo la primera etapa de su juventud. «Empezamos a salir justo antes de la cuarentene. Disfrutamos de octubre a marzo y nunca más». Los dos hablan de lo difícil que es no abrazar a un amigo que llora por un mal examen, «no nos pueden decir que somos irresponsables. Intentamos no quejarnos, pero esto nos pasa factura», asumen.

«Soy profesor porque he tenido muy buenos profesores», cuenta Corredoira

Es filólogo de formación y docente de profesión. Lo suyo es vocacional y desde niño tuvo claro que lo suyo serían las aulas, «por el camino me surgieron interrogantes, dudé con otras profesiones, pero si yo era fiel a mi esencia vocacional, tenía que orientarla hacia la docencia». ¿Por qué lengua? «Porque tuve muy buenos profesores de lengua española. Algunos me han permitido descubrir la esencia del estudio interno de la lengua», explica Jesús Corredoira.

«Me interesa que el alumnado vea en los estudios lingüísticos y literarios una oportunidad para acercarse a algo que manejan diariamente como es la lengua, que se aproximen desde un enfoque que va mas allá de las exigencias del sistema». Para ello, las primeras clases de sintaxis son de reflexión, de toma de decisiones, aplicable sobre el papel, pero también en la vida que hay fuera del instituto, «ellos tienen que saber que es lo más importante». «La técnica que aplicamos en sintaxis implica el reconocimiento de estructuras jerárquicamente prioritarias sobre otras. Aprender a priorizar va de la mano del propio desarrollo personal. Implica dar forma a una mente más centrada, capaz de identificar oportunidades. Significa usar emociones en beneficio propio para lograr motivación. Y requiere a su vez algo esencial: buenas dosis de valentía y habilidades», precisa.

Responsabilidades

Iker Sánchez

En este contexto monótono, las responsabilidades académicas lo inundan todo y pasan a convertirse en algo más aislador y asfixiante. Mi relación con los estudios ha perdido mucho en salubridad durante el último curso y, así como un buen resultado puede ser el único motivador en una semana monótona, uno malo también puede ser el desencadenante de todo un bucle de pensamientos negativos contra uno mismo. El instituto se ha convertido en un lugar hermético. Nuestra rutina es un bucle sin válvulas de escape en la que el más mínimo fallo puede descolocarlo todo. Parece que todo está bien hasta que tenemos más de tres días de vacaciones y, entonces, nos damos cuenta de que no sabemos ni cómo nos encontramos. Los procesos se agudizan y afectan de una forma más personal, y el aislamiento impide que podamos tener perspectiva sobre nosotros mismos y ser conscientes de dónde debemos poner el límite de nuestras exigencias. Casi no tenemos tiempo libre, compañía de nuestros amigos ni motivación que hagan que merezca la pena. Antes, tener clase por la mañana permitía que la tarde funcionase como desconexión. Ahora, o nos despertamos a las seis de la mañana, o el tiempo que tenemos necesitamos enfocarlo al instituto. Los estudios funcionan, como una distracción del contexto en el que estamos, pero no hay nada que funcione como distracción, y ese bucle lo vuelve todo confuso.

Nuevas rutinas

Lucía Varela

Cuando nos dijeron que nuestras clases serían a la tarde, al principio no me pareció mala idea, no tener que madrugar me agradó bastante. Una vez empezado el curso, se me hizo complicado acostumbrarme a una nueva rutina, aunque estuviera más descansada por no madrugar tanto, realmente tenía que estudiar a la mañana y para aprovechar el día, igualmente tenía que levantarme temprano. Una vez ya tienes una rutina, te acostumbras al horario, pero en comparación con las clases por las mañanas nada que ver. Nuestro horario de clase empieza a las 15.30 horas, por lo que tienes que comer antes para llegar a tiempo, por ejemplo, en mi caso, yo tengo un hermano pequeño que tiene clase en horario de mañana, eso provoca que casi no lo vea durante el día porque a las 22.15 cuando llego a casa él ya se va a dormir. En clase, siento que a partir de la hora que termina el recreo (19.20), mi rendimiento y mi concentración son mínimos, las últimas horas de clase no se aprovechan bien porque se nos nota a todos bastante cansados y desanimados. Para estudiar, sigo prefiriendo las tardes. Las mañanas son cortas y tienes que tener mucha organización para llevar todo a tiempo. También si haces cosas a la mañana te acabas cansando y llega la tarde y ya no tienes ganas de ir a clase. Tener las tardes tranquilas para estudiar en casa es algo que añoro. 

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