Milagros Becerra, la cercedense que cría las vacas más gordas de toda España

Rubia pesó 1.742 kilos y Lolita, un ejemplar sacrificado hace 16 años, 1.700


Carballo / La Voz

«Estabamos nunha feira en Santiago e vímola. Tiña por aquel entón seis meses e trouxérona de Lugo. Deume mágoa porque ían levala para o matadoiro. Entón merqueina para criala na casa». Milagros Becerra Mosquera reside en el lugar de Vilar de Queixas, en la parroquia cercedense del mismo nombre. Se define como una amante de la ganadería, actividad a la que dedicó gran parte de su vida desde que en el año 1977 la familia regresó de Suiza.

Y visto lo visto se puede decir que se especializó en la cría de vacas de tamaños descomunales. De récord absoluto en España. La semana pasada vendió su último ejemplar: Rubia, sacrificado en Frigoríficos Bandeira en Deza. Tenía casi seis años, era de raza rubia gallega -de ahí su nombre- y pesaba la friolera de 1.742 kilos. El peso en canal del animal, es decir una vez eviscerada, pesó en la báscula 884 kilos, con un rendimiento de carne del 50%, una verdadera barbaridad, según los expertos en la materia, cuando los mejores ejemplares dejan el listón en el 40-45% del peso total. Rubia, según los expertos, se alzó con el récord de España en lo que a dimensiones y peso se refiere.

Sibarita con la comida

Claro que Rubia era una vaca especial. «Facía o que lle viña en gana. Se quería durmir, durmía; se quería saír, saía; se quería quedar na cuadra, quedaba. Era moi tranquila e moi boa, nunca deu problemas», apuntó Milagros Becerra. Sobre la comida, Rubia era relativamente sibarita, eso sí, tragaba en cantidades industriales, por decenas de kilos al día. Era la única forma de mantener ese cuerpo tan serrano: «Comía fariña de millo, espigas de millo, herba fresca, caldo, patacas cocidas con verzas, sobre todo repolo... Pero co repolo había que ter coidado ao cocelo porque se non estaba no seu punto, non o comía. Érache moi especial», relató Milagros.

La semana pasada, un matadero de Silleda adquirió el ejemplar, aunque la propietaria se negó en redondo a facilitar la cifra de venta. Es como un secreto de Estado, aunque la sonrisa le delata que fue por una cifra más jugosa que las patatas cocidas con repollo que engullía Rubia a diario.

 

Pero hablar de esta explotación de Vilar de Queixas es hacerlo de todo un referente nacional en la crianza de ejemplares de grandes dimensiones. A Rubia le precedió Lolita, otra descomunal vaca que fue sacrificada en el 2005. Como Rubia, tenía seis años y había nacido en esta explotación cercedense. Su madre era un ejemplar de res pinta de tamaño normal. Su padre era un toro de la raza Limousine, del que había heredado el color, la forma de la cabeza y la tendencia a acumular peso.

En el 2004, Lolita ya pesaba 1.500 kilos. A sus propietarios les ofrecieron por aquel entonces el oro y el moro por la vaca, pero no la quisieron vender. Un año después decidieron desprenderse del animal, en gran medida, por los 40 o 50 kilos de maíz ensilado y en harina que se tragaba todos los días. Esta voracidad, como le sucedió a Rubia, hizo mella en Lolita, que apenas podía caminar y debía reponer fuerzas tres veces en un paseo de apenas cinco minutos. El día que la llevaron al matadero para sacrificar pesaba 1.700 kilos, todo un récord hace ahora 16 años.

En la explotación de Milagros Becerra Mosquera ya no quedan reses y sobre la posibilidad de adquirir otro ejemplar de cría, la mujer no lo tiene nada claro: «Estou algo cansa. Este tipo de vacas requiren de tempo». Y también de dinero.

Catorce restaurantes se repartirán los 884 kilos de carne

Como suele suceder en estos casos, eran muchos los interesados en hacerse con Rubia. Desde hacía meses varios intermediarios andaban tras sus pasos para hacerse con este ejemplar único de raza rubia gallega. Los 884 kilos en canal que dejó Rubia en la báscula fueron finalmente adquiridos por una empresa de Madrid, Discarlux, en cuyas cámaras frigoríficas madurará la carne durante unos tres meses antes de su reparto entre catorce exclusivos restaurantes repartidos por Europa, cuyos propietarios pagaron, o pagarán, lo que no está escrito para que su grasa amarilla color yema de huevo y su textura untuosa sean finalmente degustados por los paladares más exquisitos, los bolsillos más pudientes y los clientes más exclusivos.

Sus dos lomos se repartirán entre un restaurante de Bilbao y otro de Galicia. Lo mismo sucede con sus grandes solomillos: uno emprenderá rumbo a Italia y el otro a Suecia, en concreto a un establecimiento hostelero de Estocolmo. De los cerca de 250 kilos de la parte delantera y de las costillas darán buena cuenta los clientes de una exclusiva hamburguesería de Málaga. Y en Italia, un cocinero se encargará de hacer su especial bresaola - un fiambre consistente en finas lonchas de carne de ternera curada durante dos o tres meses- con las piernas del ejemplar que, posteriormente será repartida y revendida entre otros restaurantes transalpinos.

Lo dicho, un verdadero negocio redondo, que dejará unos ingresos finales diez veces superiores al precio abonado a la mujer que crio con esmero y dedicación a Rubia durante los últimos cinco años y medio.

Y es que su propietaria empleó como alimentación una base de productos naturales, sin apenas transformación, lo que facilitó su engorde. Las medidas, como el peso logrado, también son espectaculares. Este ejemplar de raza rubia gallega comía en torno a 22 kilogramos de harina y maíz al día, así como hierba seca. Vamos, no aptos para ganaderos mileuristas.

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