Tardes de dominó


Me compré uno de esos libros que explican juegos infantiles. Ninguno le hizo demasiada gracia al pequeño Martín. Le parecieron, literalmente, demasiado infantiles. Solo me sirvió una frase del libro, que decía que «a los niños a veces hay que tratarlos como adultos». Así que le he enseñado a jugar al dominó. Suele decirse que nunca es demasiado tarde para aprender, de modo que supongo que tampoco será nunca demasiado pronto. Lo veo como una inversión, algo que le queda hecho para cuando se jubile. Aunque, considerando que tiene cinco años, no sé si se seguirá jugando al dominó cuando se jubile. O si existirá todavía la jubilación.

Me pregunto si incluso hoy en día todavía se juega mucho al dominó. Desde luego, su hábitat natural está desapareciendo más rápidamente que las selvas amazónicas: aquellos viejos bares y cafés con mesas de mármol donde no tenían la televisión puesta y los camareros no metían prisa. Sitios como el viejo «Metropol» de Lugo, dos veces desaparecido y ahora convertido en hotel. Cuántas veces, de niño, he ido a llevarle recados a mi padre a su partida de dominó (antes del teléfono móvil, esto de llevar recados era una ocupación muy común). Envuelto en la atmósfera de humo de cigarro y pipa, tenía yo que gritar para hacerme oír en medio del estruendo de las fichas que restallaban como latigazos contra el mármol de las mesas brillantes como lápidas.

Ahora que lo pienso, quizás sea ese simbolismo del mármol, y el de la ficha vestida de frac, lo que le daba su solemnidad al dominó, que es un juego de silencios y exabruptos, un juego meditativo que se jugaba con boina y palillo en la boca, una copa gigantesca de Soberano a un lado y al otro una quiniela a medio hacer. Recuerdo partidas extraordinarias, porque mi padre tenía un grupo de amigos (Suso, Siso, Vicente, Luciano, Benigno, Marcelo…) que más que jugar al dominó lo profesaban. Y lo he jugado yo mismo, malamente, en las casas de estudiantes de antes de la invención de Netflix e Internet, cuando las tardes duraban el doble que ahora.

Pensaba que no lograría revivir aquellas emociones en mis partidas con el pequeño Martín. Para empezar, porque jugamos con un dominó de niños en el que los puntos de los números están sustituidos conveniente por animalito. No suena igual de impresionante gritar «¡doble seis ahorcado!» que decir «¡conejito doble!» Pero todo es acostumbrarse, y ya me he habituado a golpear la mesa con el elefante rosa, el erizo amarillo o el perrito rojo. Aunque haya yogur en vez de coñac y mi contrincante se refiera a la cebra como «el caballito en pijama», la pasión del juego es la misma. La rivalidad es feroz, solo templada por el estrecho parentesco que nos une, y no tiene nada que envidiar a la de aquellas intensas partidas de las tabernas de antaño. Es cierto que él manifiesta algunos «tics» (intenta deshacerse cuanto antes de los animales que le dan miedo: la serpiente y, por alguna razón, el erizo), pero ya le ha pillado el sentido al juego y piensa estratégicamente. Le falta, quizás, algo más de concentración, porque a veces se entretiene construyendo casitas con las fichas o interrumpe el juego para hacer pompas de jabón, algo que no creo que haya sucedido nunca en aquellas partidas de mi padre en el «Metropol». Pero hay que disculparle por su juventud. Y también porque ha empezado a ganarme siempre. Otro se sentiría humillado, pero yo estoy pensando en enseñarle ahora a jugar al póker. Aunque no sé si eso ya sería pasarse. Y no sé si harán barajas de póker para niños, con animalitos.

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Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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