Jorge Prado y el milagro de Lugo


Si el pasado fin de semana no hubiese aparecido Rafa Nadal, el mejor deportista español de la historia, arrollando al número uno del mundo Novak Djokovic en la final de Roland Garros, que conquistaba por decimotercera vez, estoy seguro de que las portadas de todos los noticieros de televisión y de los periódicos deportivos estarían encabezadas por la gesta de un chaval de Lugo de tan solo 19 años, que ganó el Gran Premio de España de Motocross en la categoría máxima, imponiéndose con autoridad a todos sus rivales en ambas mangas.

Muchas veces me he preguntado cómo se pudo forjar en Manacor, en Palma de Mallorca, un tenista que ya es el mejor de la historia del tenis mundial. Pero lo que hoy toca es hacer el mismo ejercicio y preguntarse cómo es posible que de Lugo, de Galicia, saliera un fenómeno como Jorge Prado. A la dificultad de ser el mejor del mundo de una especialidad deportiva se unen otros inconvenientes que nos alejan de esa probabilidad, como es el caso de nacer en una tierra en la que el motocross es una disciplina marginal, donde el único circuito cercano para Prado es el de Rubiás, que tampoco es comparable a lo que cualquier niño en Bélgica, Italia u Holanda encuentra a menos de cien kilómetros de su casa.

Lugo, Galicia entera, se encuentra a miles de kilómetros de los centros de decisión donde surgen las oportunidades para ser figura en el motociclismo. Cualquier niño catalán lo tiene mejor que un gallego, cualquier niño belga, inglés, holandés, alemán o italiano lo tiene mejor que un lucense. Que se lo digan a Jesús Prado, el padre de Jorge, que puede dar fe de lo duro que es tener que coger cada semana la autocaravana y conducir miles de kilómetros de ida y vuelta para participar en un campeonato de España. Jorge lo tenía todo en contra, pero se obró el milagro de Lugo. El milagro de sacar, de la nada, al mejor piloto del mundo, un chaval que a los diez años ya asombró ganando el Mundial de 65 cc. y que después se proclamó campeón del Mundo de MX2 dos temporada consecutivas (2018 y 2019). Un chaval que en su debut en MXGP, la categoría reina, ya sabe lo que es ganar carreras ante los grandes campeones, incluido su maestro Toni Cairoli.

Jorge Prado es el milagro de Lugo porque su fuerza de voluntad, pero sobre todo su clase sobre la moto, se manifestó desde las primeras carreras de alevín que corrió en Galicia. Tenía un don especial para ir en moto. Pero el milagro de Lugo también se obró porque a su alrededor encontró un padre que supo llevarlo por el camino adecuado, una familia que hizo piña alrededor de él, que se sacrificó por cumplir el sueño de un niño que ya a los ocho años decía al acabar las carreras que el quería ser campeón del mundo.

El deporte gallego tiene en él un ejemplo de que, con tesón y voluntad, ni siquiera estar en el fin del mundo, en este Finisterre deportivo, puede impedirte que cumplas tus sueños. Eso sí, costará mucho más.

Jorge Prado es el milagro de Lugo, el milagro gallego, porque ni en otros veinte siglos aparecerá otro deportista del motor como él. El niño de la eterna sonrisa, que entrenaba con su padre los domingos en Rubiás, ahora ya es una estrella mundial.

la opinión de

JUAN ARES

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