Lugo / La Voz

Lugo honró a su patrón a medio gas. Entre las limitaciones derivadas de la pandemia y el mal tiempo, el día de San Froilán transcurrió deslucido. Como un domingo más, solo que con calderos de pulpo, música en las calles y una cierta sensación de morriña en los hogares.

Poco antes de las doce de la mañana una comitiva municipal (de la que se ausentó el BNG) encabezada por la alcaldesa, Lara Méndez, se encaminó desde el Concello hasta la catedral para participar en los oficios de homenaje al santo. En esta ocasión no hubo ni banda de música ni pompa ni boato, pero en el interior del recinto eclesiástico sí se podía ver la reliquia de San Froilán en un lugar de honor en el altar mayor. Menos de un centenar de fieles participaron en la misa, con ofrenda y una homilía en la que el obispo Carrasco recordó al joven santo. «Case podemos oílo correr por estes pasillos cando aquí había escola», relató.

Fuera de los muros catedralicios, unos aprovechaban el festivo para pasear, otros para tomarse un café en una terraza y algunos para cumplir con viejas tradiciones. Es el caso de Paco, que a sus 89 años se mantuvo fiel a la costumbre y acudió a Campo Castelo a comer una ración de pulpo de A Fonsagrada. «Levo máis de corenta anos na cidade e cómoo todos os días de San Froilán, o 12, que é o meu cumpreanos, e o día de San Francisco, que é o meu santo», cuenta.

También la tradición explica la larga cola que se podía ver ante la pulpería Maciñeiras y que recordaba a los tiempos del confinamiento, cuando se armaban filas interminables para entrar en la farmacia o en el súper. Solo que esta vez el objetivo no eran medicinas, sino unas raciones de rico pulpo con las que llenar el táper o la tartera. «Hoxe practicamente todo o mundo o leva para a casa», cuenta Óscar mientras cumple con los calderos. A pesar de que tienen unas 30 personas en la fila y las mesas del local empiezan a tener demanda, asegura que no está la cosa para echar cohetes. «Nós levamos aquí dende o ano 90 e este está sendo un San Froilán moi frouxo, a metade doutro ano calquera», argumenta mientras a su lado tres compañeros cortan pulpo a destajo y otros dos lo arreglan para meterlo en las fiambreras.

En el interior del local, Ángeles y su marido degustan unas raciones. «É unha tradición vir comer o pulpo o día do San Froilán, e este ano tamén cumprimos. Ao coronavirus hai que terlle respecto, pero tamén hai que facer vida», razona.

Pero como no solo de pulpo vive el hombre, el día del patrón también llevó la música a la calle. Tambukada llenó de percusión el recinto histórico y en las plazas de los conciertos sonaron a cubierto ritmos variados. Al igual que el domingo, los aforos se quedaron a medio gas en la sesión vermú, pero de alguna manera la fiesta también llegó a los barrios.

Este San Froilán báilase sentado

Lorena G. Calvo
O público dos concertos do San Froilán ten que estar sentado, pero aínda así vive a música
O público dos concertos do San Froilán ten que estar sentado, pero aínda así vive a música

Os primeiros concertos das festas, con estritas normas sanitarias, non completan o aforo

Pasan das nove da noite, chove miudiño e agradécese o abrigo. Na Horta do Seminario resoa a letra pegadiza dunha canción de Abba mentres nunha cadeira de plástico unha muller bambolea os brazos a un lado e a outro, seguindo o ritmo cos pes e coa mirada. Posiblemente tamén coa boca, pero a mascarilla obrigatoria non permite velo. Neste San Froilán pandémico os concertos desfrútanse a distancia e sen moverse do sitio. A nova e incómoda normalidade asolagou a festa máis grande do outono galego e obrigouna a reinventarse, así que este domingo os asistenes aos cinco primeiros concertos simultáneos da semana cultural tiveron que cumprir unha aséptica e milimetrada liturxia para poder desfrutar dunha noite musical.

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Un día de San Froilán a medio gas