La mascarilla


TEste lunes abandono mi ventana aquí en el alto y bajo al centro a realizar cierta gestión. La gente en Lugo, observo, circula ya paseando mascarilla con total normalidad. Me congratulo. Algunos hay que me saludan al pasar con berros efusivos y yo asimismo les contesto a berro limpio sin saber quién coño son.

Como a partir de ahora, por razón de virus o polución, vamos a tener que usarla con la misma naturalidad que el polo o el pantalón, me permito la licencia de pisar terreno ajeno y, como el sombrero, clasificarla como prenda de cabeza; aunque ya imagino que las grandes firmas andarán con ello y proyectando sus modelos. Y puestos a pisar, sugiero al gremio de hosteleros un modelo con ranura horizontal de cremallera, por ejemplo, y al de ópticos/oftalmólogos nuevas lentes con luneta térmica para que el tándem mascarilla/gafas sea perfecto.

A mí la mascarilla no me sienta nada mal. Me favorece. Estoy para comerme. Y si encima la combino con camisa a juego, rompo moldes. Los que tienen, sin embargo, la sonrisa encantadora, bien trazada, de labios rojos y carnosos y una dentadura en línea de blancura refulgente están que trinan por tener que enmascararla. Sabido es que el reclamo de la boca es un factor de seducción provocador, señuelo erótico de primer nivel. La nueva normalidad tiene estas cosas. Pasa como con el burka: abres la redecilla y a saber con qué te encuentras.

Y mientras ya de vuelta a casa considero que en el viejo Oeste cerrarían los bancos y no los bares, me miro en una luna de un comercio y me reafirmo en lo dicho: genial, me digo, estás que rompes , forastero… Lástima de un buen sombrero.

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