Vilaseca


Lugo

Se nos fue Vilaseca. ¡Caracoles! Eligió un precioso día de sol como ayer, cogió su carterita ligera, con dos libros, y salió discreto rumbo a la felicidad.

Cuando entré al tanatorio lo imaginaba esperándome, sonriente, complacido, satisfecho del periplo recorrido y del deber cumplido. «No se preocupe Miguel, la vida es así. Unos vienen y otros nos vamos. Yo lo he hecho lo mejor que he podido. Pero discúlpeme si algo no ha salido bien. Cúidese mucho! Hasta pronto!»

Seguro que esta hubiese sido su despedida. Cálida y tranquilizadora.

Así era Don Rafael Vilaseca Otero. Un caballero de los pies a la cabeza; y no solo en las formas, sino en el fondo. Un hombre humano, afable, justo, culto y viajado. Y conservó esas virtudes ejerciendo como periodista toda su vida. Lo cual es un mérito más, viendo las fatigas humanas que se observan cada día desde esta profesión.

Así que ayer, día de sol, se fue el maestro, dejándonos un modelo a seguir. Un modelo de felicidad, porque realmente con su forma de ser lo que había conseguido era la felicidad mientras disfrutaba del mundo y de su profesión.

Querido maestro, desperdiciar su legado vital sería un pecado. Así que, ahí queda para quien quiera o pueda seguirlo. Yo lo estoy intentado ahora mismo mientras relleno esta columna, la misma que usted escribió con maestría durante años bajo el título «De sol a sol».

Pero, ¡caracoles!, se me ha acabado el espacio sin decir nada del gran periodista que escribió las primeras páginas de La Voz de Galicia en Lugo. Será otro día. Buen viaje, maestro. Y gracias por todo.

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