El misterio de la estatua de Fole


Ánxel Fole era grande, pero no tanto como parece si uno ve la estatua que tiene dedicada en Lugo, entre el Ayuntamiento y el Campo Castelo. Es decir, era grande como escritor, su obra es quizá lo más cerca que ha estado un escritor de reproducir la manera de imaginar del paisano gallego, pero como entidad corpórea era más bien un señor bajito con boina y paraguas. Un día, hace muchos años, el poeta Claudio Rodríguez Fer me llevó a conocerlo al Bar Dibey, que era donde se hacía fuerte don Ánxel cuando no estaba en la antigua sede de El Progreso, y me pareció un intelectual que no quería serlo. Se me quedó mirando y me dijo: «¿Así que eres el nieto de César? A tu abuelo no le gustaba el fútbol, decía que abominaba de los hombres que se ganan el pan con el sudor de sus pies». Habló de Billy Wilder, y de lobos, que era su gran tema, y que digamos que él enfocaba de una manera muy diferente a como lo hacía por aquel entonces Félix Rodríguez de la Fuente. Y también contó que Fellini le había plagiado un cuento suyo para una escena de Amarcord, esa famosa de «Voglio una donna!» Y es verdad que las dos historias se parecen en que en las dos hay un tipo que se sube a un árbol y no quiere bajar. Sin embargo, Fole reconocía que, siendo realistas, podía tratarse simplemente de un caso de telepatía. A él le interesaban mucho la telepatía, y en general los enigmas y fenómenos paranormales, que abundan en sus maravillosos cuentos, como el del caso misterioso de los difuntos que hablaban castellano.

  

Por eso me parece curioso que la propia estatua de Ánxel Fole haya sido protagonista estos días de un misterio paranormal. Me dice precisamente Claudio Rodríguez Fer que una señora de Lugo ha aparecido en la TVG contando que iba por no sé dónde, pero lejos, y de repente se dio de bruces con la estatua del autor de Contos da néboa. La señora asegura que es físicamente imposible que pudiese haber recorrido ese trayecto en el tiempo en el que lo hizo. Así que se trataría de un caso de teletransportación que hubiese fascinado a Fole. Quizás incluso habría escrito un relato sobre ello; aunque escribirlo años antes de que ocurriese el hecho, antes de que siquiera existiese la estatua, o incluso la señora, hubiese sido un caso de fenómeno paranormal aún más asombroso. Habrá que revisar su obra, por si hay algún indicio de anticipación. Y la de Fellini.

Yo, entre nosotros, más que por la teletransportación me inclino por el despiste, que es una ocurrencia más habitual, incluso en Lugo, y que explica tantas cosas en este mundo, grandes y pequeñas. Pienso que el misterio es a menudo la forma sutil que adquiere el malentendido, que la casualidad es simplemente una comprensión imperfecta de la estadística y que el milagro es una cosa extremadamente infrecuente a la que ya le tocaba ocurrir por puro aburrimiento. O sea, que a lo mejor esta señora -dicho sea con el mayor respeto y afecto- iría pensando en que hoy vas al mercado con cincuenta euros y no te llegan, o algo por el estilo, y sin darse cuenta de por dónde caminaba ni del camino que había andado, fue a chocar con el duro bronce de la gulliveriana estatua de Fole, que es una cosa que le puede pasar fácilmente a cualquiera cuando va despistado por el Campo Castelo, porque está colocada casi en mitad de la calle, digamos que en posición de defensa central. Pero, ¿qué sé yo? Siendo realistas, a lo mejor fue simplemente un caso de teletransportación.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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