Catuxa Fernández: «Exportamos calzado a Estados Unidos»

La lucense y su socio, Ignacio Aldanondo, tienen un taller en Barcelona que abrieron hace tres años


Lugo / La Voz

Catuxa Fernández es una lucense que estudió Arquitectura en Pamplona y, posteriormente, se mudó a Barcelona para emprender junto con un amigo y socio, Ignacio Aldanondo, un proyecto personal. Ellos son Aldanoyfdez y bajo su firma ofrecen zapatos artesanales. Tienen clientes al otro lado del mundo y la mayor parte de su producto va a parar a Estados Unidos. Ahora, acaban de ganar el Premio Nacional de Artesanía en la categoría de emprendimiento. Catuxa intenta volver a Lugo siempre que el trabajo se lo permite y habitualmente pasa aquí la Navidad, Semana Santa e incluso las vacaciones de verano.

—¿Cómo empezó todo?

—Al acabar la carrera, vinimos a Barcelona por motivos personales, y entonces regentamos un estudio de Arquitectura durante 12 años. Entremedias nos encontramos con un maestro artesano que no enseñó el oficio tradicional, tal y como se hacía hace 200 años. Esto empezó como un hobby, era una válvula de escape del despacho. Entonces, hace tres años, decidimos apostar por nuestro proyecto.

—Diseñáis y creáis los zapatos.

—Abrimos nuestro propio taller, pero nosotros no solo diseñamos. Todo lo hacemos nosotros porque nuestra máxima es controlar todo el proceso. Avanzamos y aprendemos a diario.

—¿Dónde está el taller?

—En mi casa, en el centro de Barcelona. A nivel personal esto es muy práctico porque yo tengo un hijo y al tenerlo organizarlo de esta forma, puedo conciliar.

—¿Qué ofrecéis?

—Un producto muy peculiar, y vendemos también a través de Internet. Con Instagram también conseguimos conectar con otros diseñadores. Hacemos un producto hecho para durar que quizá no le interesa a todo el mundo por esto del consumo rápido.

—Hábleme del proceso.

—Primero dibujamos y sacamos los patrones, es decir, las piezas que componen el calzado. Es como un puzzle. Entonces, seleccionamos las pieles y las cosemos. Todo se monta sobre la horma, un trozo de madera. Entonces, se construye la suela y el tacón. Nosotros, a diferencia de las fábricas, hacemos la suela de cada zapato con capas de piel. Después viene la función estética, pasamos los hierros untados en cera por los cantos de suela y por el tacón para sellar el poro de la piel e impedir que entre agua y suciedad.

—¿Dónde compran la piel?

—En varios puntos de Cataluña. Igualada es un pueblo con mucha tradición en curtidos. La compramos donde la encontramos, pero preferimos que salga de nuestro alrededor.

—Acaba de ganar junto con Ignacio un premio nacional.

—Sí, fuimos a recogerlo a Madrid. Nos dio el premio Reyes Maroto y el galardón también le sirvió para hacer balance de lo que fueron estos tres primeros años.

—Trabajan por encargo.

—Así es, dependemos de los encargos. Hay meses muy buenos y otros que estamos a velas vir. El premio nos ha traído más clientela local y nos da mucha satisfacción saber que la gente entiende nuestro trabajo y lo que hay detrás de este.

—Ignacio y usted también tienen su faceta de docentes.

—En el taller damos pocas clases porque no tenemos tiempo. A veces, si es algo concreto de una persona particular que quiere aprender, pues lo hacemos. Sobre todo vamos a escuelas de moda y diseño e incluso impartimos clases en algún máster.

—¿Qué tiene que ver la arquitectura con el calzado?

—Pues nosotros creemos que tiene mucho que ver porque son oficios con mucha conexión. Aunque los zapatos son más pequeños que un edificio, también cumplen la función de proteger, en este caso el pie.

—El calzado es unisex.

—Pues esta es una idea que nos vino sobrevenida poco después de que saliese nuestra primera colección. Nos pasaba que la gente pedía calzado a la inversa. Es decir, había hombres que querían comprar el de las mujeres y viceversa. Entonces decidimos que no queríamos determinar las líneas de género y jugamos a tener un producto flexible para todo el mundo.

—¿Adónde viajan sus productos?

—Pues la mayor parte, a Estados Unidos, aunque también a Japón y a otros países de Europa. Es curioso, pero tenemos más clientes fuera de España que dentro.

—¿Por qué cree que sucede esto?

—En Estados Unidos socialmente está más aceptado gastar un cierto dinero en un zapato, e incluso los nuestros, les pueden parecer económicos. Aquí nos cuesta más.

—¿Tienen stock en el taller-tienda?

—No porque apostamos por un negocio sostenible. Producimos en función de la demanda de la gente. Tenemos un zapato de cada modelo y una talla al menos.

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