Enrique González explicó los ritos funerarios en el mundo romano a partir de los hallazgos en las necrópolis lucenses


La primera de las conferencias del congreso Cultura e Memoria corrió a cargo del arqueólogo municipal, Enrique González, y llevó por título A morte no Lugo romano; rituais e espazos funerarios. A través de la información obtenida en las excavaciones en Lugo, González expuso los ritos funerarios en el mundo romano.

El arqueólogo explicó a La Voz que entre los romanos había una generalizada aspiración a una muerte digna y a un enterramientos adecuado para ser recordado; el olvido era considerado una segunda muerte. Solían dejar determinado si preferían incineración o inhumación. En el modo en el que lo permitían los circunstancias, había incluso quien dejaba establecido como debía de ser la estela, el monumento funerario, etcétera.

Los cementerios, señala Enrique González, se encontraban fuera de las ciudades, en el exterior de los recintos amurallados, pero a su lado, y a la vera de los caminos que daban acceso a las urbes.

Había todo un ritual a seguir desde la muerte hasta el enterramiento. El beso al fallecido tenía por objetivo extraer su alma, para que no se perdiese. Había que cerrar los ojos del difunto y pronunciar su nombre hasta tres veces (conclamatio) para asegurarse de que realmente estaba muerto. El cadáver, vestido, perfumado y con flores, era expuesto en una cama o litera, en el atrio de la casa, con los pies hacia la puerta de entrada de la vivienda. González recuerda que la muerte era para los romanos un acto funesto que lo contaminaba todo.

Al muerto se le ponía en la boca o en la mano una moneda para el pago a Caronte, el barquero del Hades. El traslado del difunto al cementerio se efectuaba en un ataúd de madera, portado por cuatro o seis hombres, precedidos por músicos y con el acompañamiento de plañideras. Los velatorios de la gente pudiente podían durar entre tres y siete días.

Los enterramiento era por incineración (más antigua) o inhumación (a partir del siglo IV); hubo un tiempo en que coexistieron. Las tumbas de inhumación, según lo comprobado en Lugo, tenían diferente tipología; las había de teja, de pizarra y directamente excavadas en la tierra; se encontraron clavos de los ataúdes, así como cerámica.

En Lugo se hallaron necrópolis en la plaza de Ferrol y Estantigas y desde la plaza Constitución hasta San Roque (es decir, a la orilla de la vía romana XIX). Dado que los cementerios estaban fuera de las ciudades, y que los de la plaza de Ferrol y de Estantigas se encontraron dentro del recinto amurallado, quiere decir que la urbe bajo imperial y la alto imperial no coincidían en su extensión. Por medio de la cerámica hallada en las sepulturas, los arqueólogos pudieron datar la época a la que corresponden los enterramientos. A partir del siglo V están documentados enterramientos aislados dentro del perímetro amurallado, probablemente como consecuencia de la influencia del cristianismo, según explica Enrique González.

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