Lugo, un oasis para los niños del Sáhara

Safia pasa su segundo verano en la ciudad, lejos del calor africano de los campos de acogida

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m. c.
lugo / la voz

Decía Óscar Wilde que la mejor forma para hacer buenos a los niños es haciéndolos felices. Los pequeños representan más de la mitad de las víctimas de violencia, persecución y discriminación, según los datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Safia tiene once años y vive en Farsía, un municipio del Sáhara Occidental, donde convive con sus padres, hermanos y con su abuela. Es el segundo verano que pasa en España y el primero en la capital lucense. Su familia adoptiva, Marisol Carreira y Enara Pérez, la definen como una niña tranquila y muy cariñosa. Safia lleva 15 días viviendo en Lugo y no pierde de vista a su familia, con la que habla todos los días a través de videollamadas.

Con el paso del tiempo Safia ha ido cogiendo confianza en el hogar de Maribel y Enara, que ahora también es el suyo. «Habla constantemente de su madre y de su hermano pequeño, que es como su bebé», explican.

Es difícil establecer motivos, pero la pequeña saharaui no opina lo mismo de su padre, al que dice no echar de menos. Allí, las cargas para Safia y sus once años son mucho mayores que las que deberían tener cualquier niño.

En el Sáhara vive en una casa de lona que está amarrada al suelo. No tiene agua corriente y se ducha con una manguera. Aquí, el momento del baño se ha convertido en uno de sus favoritos.

Volver a empezar

La rutina para Safia ha cambiado mucho en apenas un mes. En Farsía iba al cole por la mañana y «jugaba a palmitas» con sus amigas por la tarde, declara.

En el Sáhara ayuda a su madre a hacer la comida, limpia la casa, dobla la ropa y cuida a su hermano pequeño. Al llegar a España, se sorprendió con la plancha y el secador, explican las mamás.

Aquí «le gusta pasear y Ainara le está enseñando a leer», cuenta Maribel. Cuando vuelva al Sáhara, a principios de septiembre, Safia empezará el «colegio de mayores» en Argelia. En la escuela estudia castellano y francés, además de dibujar.

«Nunca pide nada, y menos dinero. El otro día quería unos cascos para escuchar música y se los compramos», dice Maribel, que también habla de las habilidades tecnológicas de la niña. Enara le está enseñando a leer y practican con fichas cada día.

Su hermano viajó con ella a O Grove el año pasado y era un gran apoyo para ella porque hacía de traductor. El idioma materno de la niña es hassaniyya, un dialecto árabe de la zona.

Le encantan la playa, los perros, las galletas y la piscina. Esconde su timidez tras un floreado chaleco, un­ regalo de Marisol y Ainara, pero saca fuerzas para recalcar lo mucho que le gusta estar aquí y lo diferente que es todo en su nuevo día a día.

«Vamos a repetir si podemos con ella», declaran las mamás adoptivas, que se encargan de cubrir todas las necesidades de la pequeña, además que de vestirla, ya que solo venía con lo puesto.

La importancia de la ayuda que están dando Marisol y Enara a Safia es incalculable y debería ser un ejemplo a seguir por todos. Dar a los niños refugiados dos meses de paz es una cuestión de humanidad que debería extenderse por la toda la ciudad.

Dos días después de llegar, Maribel y Enara llevaron a Safia al médico. Le hicieron unos análisis de sangre para determinar su estado de salud. La protección también cubre las vacunas y en el caso de la niña no ha sido necesario porque ya las tenía puestas.

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