Dispepsia de Estado o el tango «Cambalache» como guía social


Acogido al cansino recurso del «donde dije digo, digo Diego», Pedro Sánchez y los suyos pintan ahora en tono rosa compromisos que antes de la moción de censura tenían color rojo intenso. A Sánchez, en esto del color, le pasa lo mismo que a la alcaldesa de Lugo, que quiere hacer pasar por política de movilidad la apertura al público, durante unas horitas, del aparcamiento del edificio administrativo del Ayuntamiento. Le pasa también a la Xunta de Feijoo con lo que se refiere a Lugo; vende como dedicación a la ciudad amurallada lo que no son sino timos al gobierno local (el más logrado, el equipamiento del nuevo auditorio). Thoreau (1817-1862) dejó escrito que «la política es la molleja de la sociedad, llena de arena y grava, y los dos partidos políticos son sus dos mitades (...)». El solitario de Walden no se refería al PP y al PSOE, claro, pero su reflexión, en clave norteamericana, es trasladable al hoy español.

Que, en lo esencial, las políticas del PP y del PSOE son intercambiables ha quedado claro desde la Transición. Son las dos caras de la moneda del sistema. En lo local, es cosa de ver cómo los socialistas fueron encomendado la prestación de servicios públicos a empresas privadas y cómo el PP, sin bochorno alguno, ha propuesto en más de una ocasión la (re) municipalización de algunos. Unos y otros han conseguido que la gente de la calle acabe por considerarlos lo mismo: «PSOE, PP, a mesma m.... é». Este cambalache, promovido para conquistar el caladero electoral del centro, genera una creciente cultura en la que, como en el tango, «es lo mismo ser derecho que traidor/ ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador/¡Todo es igual, nada es mejor/ lo mismo un burro que un gran profesor! ».

A los dos grandes partidos se les puede y se les debe exigir una gestión eficaz, solvente, de los asuntos públicos desde lo local a lo internacional. Pero mucho más importante es, para la salud social, que mantengan coherencia entre lo que predican en la oposición y lo que ejecutan cuando asumen tareas de gobierno. En otro caso, cuando se impone el «donde dije digo, digo Diego», los estados, como avisó Thoureau, «tienen una dispepsia confirmada, que se manifiesta ya pueden imaginarse con qué tipo de elocuencia».

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