«Cuando llegué a Lugo, me parecía todo horroroso, pero ahora no lo cambio por nada del mundo»

Facorro, nacida en Lalín, ya se siente una vecina más de A Milagrosa «por los amigos que he hecho»


LUGO / la voz

Carmen Facorro Couso es una lalinense que lleva una década repartiendo entre los lucenses felicidad a través de su sonrisa y de los premios del cupón de la ONCE, como el de 350.000 euros que vendió el 6 de diciembre del 2016 a varios vecinos del barrio de A Milagrosa. Desde su despacho en la avenida da Coruña, número 298, fue elegida mejor vendedora de la ONCE del 2017 en Galicia, galardón que recogió hace un mes, en una gala celebrada en Madrid.

-¿Cómo vivió ese momento?

-Fue una pasada, muy emotivo, porque cada uno de los premiados estuvo con su familia. Fue todo precioso, y yo no estaba nerviosa, sino histérica [risas]. Para no olvidarlo nunca.

-¿Por qué cree que la eligieron?

-Por las ventas seguro que no, porque en Galicia y en Lugo hay compañeros que venden mucho más, pero creo que debieron valorar mi compañerismo y la amabilidad que tengo con los clientes. Ahora bien, nunca pensé en la vida que me iban a elegir a mí.

-¿Y qué hace una mujer de Lalín en Lugo?

-Pues cosas de la vida. Yo estaba en Santiago haciendo sustituciones y bajas, y en agosto del 2007 me ofrecieron un contrato fijo en Lugo. Yo no conocía casi nada de la ciudad, pero al estar fuera de Lalín, me era igual Lugo que Santiago.

-¿Y qué impresión se llevó al llegar a Lugo?

-Buf [risas]... No me gustó nada; era todo triste; la gente era muy reservada, desconfiada... Además, me costó porque no conocía a nadie, el clima era horrible [risas]... Los primeros seis meses fueron horrorosos. Pero una vez pasado ese período de prueba lucense, la gente comenzó a ser más abierta y ya me hicieron sentir una vecina más del barrio, como una lucense más. ¡Y ahora no cambio Lugo por nada! Si me ofrecen otro sitio para trabajar, me lo tendría que pensar mucho. Me siento una vecina del barrio, integrada, y tengo unos clientes que son amigos y amigas. Uno me trae un café; otra, que estuvo cocinado, me regala un bizcocho; cuando recogen la cosecha, me traen judías, patatas, tomates... La gente se entrega mogollón. Incluso hoy [el pasado miércoles, que amaneció nevado], un cliente me compró tres cupones y me dice: ‘A ver se así te vas antes, oh, que vai moito frío’.

-¿A raíz del premio, se habrá hecho aún más famosa?

-Es que falto un día por cualquier cuestión, y ya me preguntan qué me pasó, dónde estuve...

-Pero famosa, cuando vendió en el 2016 un gran premio.

-¡Es que ya iba siendo hora! Me alegré porque por fin daba un buen premio y, sobre todo, porque lo ganaron los clientes que me apoyan todos los días, las personas que me cuentan sus historias, sus problemas, sus alegrías...

-¿Los vendedores hacen de psicólogos?

-Pues sí. Escuchamos muchas historias y las vivimos con nuestros clientes. Al final tú estás para lo bueno y para lo malo, y la gente agradece que la escuches.

-Tendrá un buen anecdotario...

-Una vez me avisaron de que había dado 35.000 euros con un cupón de máquina. Y a los dos días llegó una clienta fiel, y me dijo que se lo mirase; y cuando vi que era la ganadora, se lo dije, y ella, la pobre, me comenzó a pedir que no hiciese bromas, que estaba recién operada del corazón. Hasta me enseñó la cicatriz para que le dijese la verdad. O cuando di uno de los cupones de los 350.000 euros, a una señora tuvo que venir una vecina a recogerla para llevarla a casa. Por la tarde, como estaba preocupada, cuando la llamé, me dijo literalmente que había llegado a casa, que se había sentado en la silla de la cocina y que había sido incapaz de levantarse.

-¿Y qué me dice de las manías de los clientes con los números?

-[Risas]. De todo. Te piden que no empiece o acabe con el mismo número, que todos sumados no sean pares o impares, que no se repitan números... además de las habituales fechas personales. Y al final todo eso hasta te influye cuando juegas.

-¿La mejor vendedora de la ONCE en Galicia juega también a la ONCE?

-Por supuesto, pero siempre cupones de otros compañeros. Los míos nunca me tocan [Risas].

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«Cuando llegué a Lugo, me parecía todo horroroso, pero ahora no lo cambio por nada del mundo»