Museo Catedralicio, de visita obligatoria


Tras su reciente reforma y puesta en valor, el Museo Diocesano de Lugo se ha convertido por derecho propio en una de las visitas obligadas de cualquier persona que pise la ciudad, incluidos los que vivimos aquí. Si además tienes la fortuna de que te lo muestre Carolina Casal, que no solo es su conservadora sino también su mayor fan, la experiencia se convierte en un apasionante viaje por nuestro pasado.

Para empezar, el propio Museo en sí es una muestra del importantísimo Lugo de antes. Sin ir más lejos es el primero de Galicia, creado en 1918, y comenzó como museo arqueológico por lo que contiene piezas en depósito de todo el noroeste peninsular, venidas de lugares tan simbólicos como Altamira, por lo que el recorrido va desde el año 12.000 antes de Cristo hasta el siglo XX. Difícilmente puede ser más completo en un espacio tan reducido. Hasta pudimos saludar a Don Jesús Guerra, que fue su responsable durante décadas.

Enterarte de que piezas icónicas como el Crismón de Quiroga estaban siendo devoradas por los fieles, literalmente hablando ya que rompían pequeñas partes del Crismón y lo bebían pulverizado con agua bendita buscando remedios milagrosos, te sitúa en un pasado distante y a la vez cercano. A finales del siglo XIX el Obispo Aguirre ordenó a todos los sacerdotes hacer un inventario de las piezas custodiadas en sus parroquias, así comenzó este museo que hoy disfrutamos.

En este breve espacio no puedo extenderme en todas las interesantísimas historias que nos contó Carolina, en las piezas que se conservan, los regalos de Hernán Cortés, la vinculación de Lugo con el origen del Reino de Galicia, en que nuestra catedral acoge la primera obra del gran Fernando de Casas y Novoa... Lo mejor es que vayan a verlo en persona. No se lo pueden perder.

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