A granel


Supongo que como se acerca el final de agosto, pronto tendremos datos, cifras, estadísticas, explicaciones y comentarios oficiales sobre el turismo. La temporada alta, aún sin terminar porque septiembre es un mes con actividad al alza y porque hablamos de desestacionalización como si la palabra no fuese tan difícil de pronunciar, habrá sido satisfactoria sin duda, con datos que moverán a un optimismo más que fundado.

Pero si dejamos que esa euforia se enfríe ligeramente, ¿qué nos queda tras esa avalancha de números? Sabemos que el Camino Norte y el Primitivo se consolidan, que el Francés ya casi resulta una autovía peatonal o que los tiempos de soledad en As Catedrais han pasado. Cualquier día, en un paraje de costa o de interior, a alguien se le ocurre colocar un banco, y ya podremos entonces competir en la liga de paisajes candidatos a la masificación.

Podríamos preguntar y preguntarnos cuántos peregrinos llegan a Santiago habiendo aprendido algo sobre la historia de O Cebreiro, sobre los cementerios neogóticos chairegos o sobre la Muralla de Lugo o cuántos acompañan las imágenes de As Catedrais guardadas en el móvil con algún conocimiento sobre la rasa costera o sobre la historia del tren minero Vilaodriz-Ribadeo. Poco importan las respuestas, porque tampoco, seguramente, importan mucho esas preguntas: las autoridades necesitan turistas que alimenten estadísticas, y los turistas necesitan cobertura en su teléfonos para contar con inmediatez sus impresiones vacacionales. No vale la pena pararse, a ver quién se arriesga a renunciar a un selfie.

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