«Un metro de calle sin adoquines es un metro de libertad»

Pasos de peatones en los que no se ve, desniveles y obstáculos múltiples. Así es el día a día de personas con diversidad


LUGO / LA VOZ

Malditos adoquines. No me extraña que Aquilino González, activista de Auxilia para el derribo de barreras arquitectónicas, quiera acabar con ellos para siempre. Solo diez minutos en silla de ruedas dejan a cualquiera para el arrastre. En Lugo están por todas partes. ¡Que pesadilla!

«Cada metro de calle sin adoquín, es un metro de libertad», dice Aquilino. Tiene razón. ¡Y pensar que están por toda la Ronda da Muralla! Esos pedruscos son terroríficos para quienes han de moverse en silla de ruedas. Después de la experiencia de ayer, es casi imposible no exigir a los políticos que salen en las fotos que los arranquen ya y que en el futuro busquen soluciones (hay muchas) para sacar de delante algo que tanto daño hace a quienes han de moverse en «cadeira».

Hacer circular las ruedas por el empedrado supone hacer un esfuerzo titánico y, también, de acabar con la espalda deshecha. Servidor cerró experiencia, además, con los brazos destrozados por el esfuerzo que supone hacer que las ruedas se muevan y el «vehículo» gire adecuadamente sin irse contra cualquier farola como estuvo a punto de ocurrirme.

«Tes que ter os ombreiros moi ben adestrados. E iso non ocorre o primeiro día. Polo xeral nos centros de recuperación xa se fan exercicios de fortalecemento», explica un hombre que, en su silla, hizo el recorrido pendiente de mí, lo mismo que un voluntario. ¡Dos personas ayudándome para hacer un recorrido de 600 metros! «A cadeira móvese coas dúas mans e non en zig zag, como fas ti», avisan.

Donde debería haber pista libre sin adoquines, porque así se preparó la Praza da Soidade para que tuviese una zona para que personas con discapacidad pudiesen moverse con más facilidad, resulta que estaban montando unos barracones para el Arde Lucus. Nada, a superar los puñeteros adoquines. «Señor, véngase por esta parte de atrás», propone amablemente un joven que participaba en el montaje y que se percataba perfectamente de que no podía con el alma. Lo primero que se me ocurre es un «vai ao carallo». Aguanto como puedo y simulo valentía, pero la puñetera silla está en cuesta y en vez de ir para adelante rechista y avanza hacia atrás. Parece como si el mundo empezase a caer encima, pero recuerdo lo que cinco minutos antes me dijo un hombre joven ciego: «A experiencia éche un grado. Vese o mundo doutra maneira».

Paso complicado

Al enfilar, por fin, Quiroga Ballesteros, primer obstáculo. Creía que el rebaje de la calle para permitir el paso de sillas por el paso de peatones era algo maravilloso, pero como no era uno de los puntos por los que iba atravesar resulta que el desnivel hacía que la silla tirara, y además de que forma, hacia la calzada. Sin la ayuda de mis ángeles guardianas no sé como hubiera dominado la situación.

Llegamos al primer paso de peatones para atravesar hacia la plaza de abastos. Todo bien, pero... ¡No veo si vienen coches que me puedan llevar por delante! Una furgoneta aparcada correctamente, pero pegada al paso de cebra quita totalmente la visión. «Y eso es así un día sí y otro también para nosotros», dice uno de los acompañantes en la ruta.

Continúa el itinerario y llega el momento de volver a cruzar otro paso de peatones. En este caso no hay problema de visibilidad pero... ¡Ni miro! Adelante. Menos mal que no pasaba ningún coche. «¿Te das cuenta de que no comprobaste si pasaban vehículos?», advierte uno de los acompañantes. No. Con tratar de mover la silla ya tenía bastante.

Ya en la Praza da Soidade comienza el descenso. «Pensei que tiña asistida», había dicho unos diez minutos antes el concejal socialista lucense Manuel Núñez. Pero no, la silla no tenía velocidad asistida, ni limitador. Solo sirven los brazos.

El #PontenasMiñasBotas, fue una experiencia indispensable para conocer una mínima parte de los problemas que tiene un amplio colectivo social que, día a día, se encuentra con que su accesibilidad y su movimiento se ve frenado. La iniciativa de Auxilia, Predif, Raiolas, la Asociación de Sordos, la UDP y la ONCE, tendría que repetirse a menudo y acercarse a los centros educativos.

Los empedrados hacen que resulte muy complicado que las ruedas se desplacen

«Probé a hacer de invidente y acabé entrando en el garaje de la subdelegación»

Otra de las experiencias de la jornada de ayer fue la de probar a ser invidente moviéndose por la calle. Para empezar, un aviso de la voluntaria acompañante: hay que manejar el bastón calculando el volumen del cuerpo. Vale dar toques en el suelo o arrastrar el palo en semicírculo. A los tres minutos de la salida, la sensación era de estar en un gran barranco, como en el abismo. No había caminado ni cien metros y el mundo resultaba tétrico. Aún quedaba dar la vuelta a toda la manzana que conforma la calle Lois Peña Novo, la subdelegación del Gobierno y la Praza da Soidade.

Complicaciones por todas partes. Un canalón que está en su sitio, golpe; un puñetero macetero que no sé la razón por la que esta cerca de la Sudelegación; un árbol que aparece de repente...

«El policía de la puerta se acaba de escapar para que no le atices en las piernas con el bastón», advierte en broma la voluntaria que me acompaña al ver mi ímpetu de movimientos. Ir pegado a los edificios parece lo mejor, pero siempre aparece una pierna que no se espera, un obstáculo... «Yo acabé entrando directamente en el garaje de la subdelegación porque coincidió que iba siguiendo la pared, pero se acabó porque la puerta metálica estaba abierta y allá fui», cuenta alguien que quiso conocer los problemas con los que se puede enfrentar alguien que no ve.

«No va a existir siempre una pared», me advierte la voluntaria cuando llega el momento de enfilar la plaza hacia la entrada del museo. De no ser por ella, no sé lo que hubiera sido de mi.

Abrir las puertas que salen hacia fuera, toda una odisea

Marisol Bravos, de Auxilia, que tiene que moverse en silla de ruedas, advierte que los problemas de accesibilidad que se presentan habitualmente son muchos. «Non te podes imaxinar as dificultades que supón para alguén que vai en cadeira abrir unha porta que sae para fóra. Toda unha odisea», advierte. Algo tan simple como puede ser la dirección de apertura puede complicar la existencia a las personas con dificultades de movilidad.

Chicles y cacas de perro son también otro inconveniente para invidentes. Hay veces que acaban incrustados en sus bastones y en sus zapatos.

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