El taller donde se prepara una olimpiada

Los padres de Silvia Folgueira recuerdan que su hija mostró desde pequeña una gran afición por la automoción


VILALBA / LA VOZ

Entre neumáticos y bujías, cambiando aceites o revisando embragues, en un taller hay sitio para sueños. El de Luis Folgueira Tella, natural de Crecente (A Pastoriza), era ese. Con 15 años se desplazó a Meira, pidió que le dejasen entrar de aprendiz en un taller, le dijeron que aún era muy joven y se llevó una gran desilusión. Pero un año después lo aceptaron, empezó a trabajar y a aprender, hizo el servicio militar, montó un negocio propio en la capital de su municipio natal... y hasta hoy.

Unos 40 años después -ahora tiene 56-, en su taller no solo se ha cumplido y se cumple su sueño sino que se han alimentado otros. Su hija menor, Silvia, acaba de clasificarse para la olimpiada mundial de FP, que tendrá lugar en otoño en Abu Dabi; y la pericia mostrada en las pruebas de selección, celebradas en Madrid la semana pasada, tenía mucho que ver con las horas pasadas en el taller familiar desde que era una niña. «Dende pequeniña andaba por aquí», comentaba ayer su padre. Tanto interés ponía que a veces había que decirle que no, ya que quería trabajos que la corta edad no le permitía afrontar.

Lo que empezó casi como un juego de infancia, quitando los tornillos de un faro o de una defensa, siguió años después, en la adolescencia y más adelante. «As fins de semana, sempre, sempre» fueron para el taller, recuerda el padre. Así, no solo ha logrado pintar con soltura, sino que cuando empezó los estudios en el CIFP As Mercedes, en Lugo, contaba con una cierta ventaja: «Toda a ferramenta xa a coñecía, xa a vira toda», explica su padre.

Un trabajo como ese supone ciertas dificultades: «Ao que non quere mancharse, non lle vale», añade La madre comparte esa versión, y añade que es un trabajo con cierta complejidad: «Hai que coñecer as pinturas, as características dos vernices...», dice. Edita Rico, natural de Bretoña, se ha convertido en conocedora del mundo de la mecánica tras años de contacto, y también echa una mano en el taller.

¿Se imaginaban que su hija llegaría a alcanzar un éxito semejante? El padre se muestra prudente: «Non o podes pensar ata que ocorre. Se o pensas, levas unha desilusión», opina, convencido de que su hija es buena pintando coches y de que «os demais tamén o son». De todos modos, los padres, que viajaron a Madrid para acompañar a su hija en el último día de las pruebas, confían en que su trayectoria profesional le permita labrarse un buen futuro: «Chegados aquí, esperamos que siga superándose ou polo menos tentándoo», afirma su padre.

Afán de superación, desde luego, no le ha faltado a Silvia Folgueira, que incluso se matriculó en una autoescuela para sacar el carné de camión, del que aún le faltan las prácticas. Pero no solo tiene pericia al volante, sino que su padre muestra una sonrisa de satisfacción cuando se le pregunta si su hija cambia la rueda del coche si tiene un pinchazo: la cambia y le pone un parche, pero también, dice, cambia un palier o desmonta una caja de cambios.

Algo de familia debe de haber, ya que los otros dos hermanos de Silvia también han acabado dedicándose al mundo de la automoción: su hermano regenta un negocio de coches en Meira y su hermana se ha incorporado al taller familiar. ¿Será que no es difícil aprender mecánica? «É poñerse», dice la madre. De todos modos, unas pruebas como las que superó Silvia en Madrid imponen cierto respeto: «Pasei aquel día máis nervios ca en toda a miña vida», dice el padre.

 

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