Cuando la familia es un trabajo por turnos

Carolina Bescansa se  llevó el niño al congreso y metió el dedo en la llaga. Le llovieron las críticas, pero lo cierto es que puso en el tapete una asignatura pendiente de la que cada día se examinan miles de gallegos. ¿Dónde está la solución? De momento, en que todos se impliquen para que la vida familiar se sostenga


Si estresante es la palabra idónea para definir el día a día de Verónica Rodil (Villanueva de Oscos, 1984), admirable es el adjetivo perfecto para describirla. Treinta y dos años, mamá de Noa, una preciosa niña de seis años, y de Marco y Diego, gemelos de 19 meses, intenta conciliar vida laboral y familiar pese al esfuerzo que le supone. «Estoy acostumbrada a este tipo de vida; si ahora me falta el estrés, nada sería igual y echaría algo de menos», explica esta lucense que manifiesta no tener tiempo para estar con su marido ni para salir a comprar».Vero estudió nutrición y dietética pero desde hace cuatro años trabaja como vendedora en Multiópticas Lugo. Juan, su marido, soldador de profesión, se va de casa a las seis de la mañana y regresa a las cinco y media de la tarde. Esta joven mamá sabe muy bien la hora de inicio de su jornada, a las siete y media de la mañana; lo que no sabe, es la hora de finalización. Está al frente de la casa, de los tres hijos y a mayores cumple a rajatabla con el trabajo. Se levanta y viste a sus tres hijos, le da el desayuno a Noa y el biberón a los gemelos. A las nueve, la niña mayor entra en el colegio y los tres la acompañan. La van a recoger a las dos menos cuarto. Al dejar a Noa en la escuela regresa a casa, duerme a los pequeños, desayuna y aprovecha para hacer la comida, preparar la cena y hacer las tareas del hogar. En la actualidad Vero tiene jornada laboral reducida y es por eso que entra a trabajar a las cinco. Sale a las ocho y media. «Nunca me he planteado dejar el trabajo porque para mi la óptica es una vía de escape. El trabajo es una descarga aunque dificulte la conciliación con la vida familiar». Entre las cuatro y cinco de la tarde, una canguro está al frente de los hijos y espera con los tres en casa a que venga el papá de familia. «No tenemos a nadie de nuestras familias en Lugo, las guarderías privadas son muy caras y las públicas siguen el proceso de los colegios, con lo cual, de poco nos sirve», explica.Cuando llega de la óptica, su trabajo continúa. «Juan les da la cena pero yo los tengo que dormir porque solo se duermen conmigo», dice esta joven lucense, que desde que es mamá de familia, solo contó con dos días de descanso. «Hace dos fines de semana nos fuimos Juan y yo a un balneario. Dejamos a los niños con los abuelos y arrancamos», dice Verónica, quien reconoce que pese a poder darse un respiro no lo hizo al completo porque tenía una sensación muy extraña. «Algo me faltaba. Tenía una sensación de vacío», explica. Una sensación normal después de llevar una vida estresante, con un trabajo intenso de lunes a domingo y teniendo dificultades para conciliar vida laboral y familiar.  

«Os netos dan moita vida»

Una gran parte del peso de la conciliación recae sobre los abuelos. Lo saben muy bien Carmen y Mari, que se reparten la tarea de cuidar de sus nietos.  Iria y Lucas corren y se estrellan, literalmente, contra los cuerpos de sus abuelas. Ellas los esperan, como cada martes por la tarde, en la puerta de la escuela donde Deidre enseña inglés a base de canciones y juegos. Iria y Lucas están contentos. Hoy, por fin, hace sol, y aunque el frío se clava en los huesos, las abuelas les han prometido que irán al parque. Y las abuelas nunca fallan. «Eu non lle prometo o que sei que non pode ser», dice Mari. Desde hace cinco años, ella y Carmen dedican sus tardes a cuidar de sus nietos «con mimos, pero sen consentilos, porque iso a eles non lles fai ningún ben». Esa maternidad sobrevenida les ha obligado a renunciar a algunos de los privilegios que se habían ganado por edad. Después de comer, «nada de ir ás rebaixas, nin á perruquería», ni a tomar café con las amigas. A ellas les toca llevar a los niños a actividades, darles la merienda y, cuando llueve, inventarse mil maneras para que se diviertan a cubierto. Las dos confiesan tener la casa llena de juguetes y, en determinados momentos, envuelta en ese caos que rodea a los niños cuando están en su mundo de fantasía. También confiesan que los chavales de cinco años pueden resultar agotadores, «cansinos». Aún así, ambas sonríen de oreja a oreja cuando hablan de sus nietos. Carmen atusa el muñeco que Iria ha dejado atrás para ir a tirarse del tobogán, y Mari presume de la margarita que Lucas le acaba de regalar. «A verdade é que os netos dan moita vida». Las ayudan a mantenerse jóvenes y alerta. Y les demuestran, cada vez que tienen sus brazos hacia ellas, que siguen siendo necesarias. «Na nosa época, para criar aos fillos non había máis remedio que quedar na casa. Daquela non existían nin guarderías, nin nada». Pero el mundo ha cambiado, y ahora «as nais non poden perder de ir traballar». Así que ahí están estas superabuelas, dispuestas a aportar su granito de arena. A levantarse temprano en verano para evitarle a los niños los madrugones innecesarios; o a pasarse la tarde en la playa, aunque regresen a casa agotadas. Y lo hacen todo como auténticas malabaristas, caminando sobre el fino alambre que separa su condición de cómplices de los pequeños de la de aliadas de sus padres. No es un equilibrio fácil. «O máis importante é respectar todo o posible, evitar entrometerse», dicen. Palabra de abuelas.

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