«El índice de casos de violencia entre enfermos mentales es igual al resto de la sociedad»

Vidal Pardo dice que el enfermo mental tiene una imagen de peligro totalmente infundada

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lugo / la voz

Francisco Vidal-Pardo, (Lugo, 1946), es un reputado y veterano médico psiquiatra lucense que ha pasado por diversos cargos y responsabilidades, entre ellas la de dirigir un psiquiátrico como el de Castro en su momento y convertirlo en un centro moderno. Pertenece a la directiva de las sociedad Española de Psiquiatría y a la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Ahora, casos como el del descuartizador de Majadahonda o el del copiloto alemán de Germanwings, han hecho que toda la sociedad mire hacia los psiquiatras buscando explicaciones o soluciones.

-Preocupa estos días...

-Antes de empezar la entrevista, quiero anunciarle un principio general, una estadística, no una opinión: El índice de casos de violencia entre los enfermos mentales es similar e incluso menor al que se produce entre el resto de la población. Los enfermos mentales no son más violentos que el resto de la sociedad. Solo tiene que mirar su periódico y ver la cantidad de actos violentos que se cometen cada día por personas sanas aunque perversas o antisociales. La perversidad y la maldad existen. Lo que pasa es que la violencia que genera el enfermo mental es ilógica y poco comprensible y por tanto produce más alarma social. Causa mucho más miedo un santo varón que de repente dice que tiene que matar a su madre para que no muera en la guerra biológica que van a desatar esta noche los marcianos, que un par de sicarios que viene a matar a otra persona da de drogas.

-O sea, que en el fondo se trata de un miedo infundado y un prejuicio sobre el enfermo mental.

-Sí, repito, la enfermedad mental grave sigue un mecanismo ilógico que no conlleva violencia. Es una alteración de nuestro cerebro que puede provocar reacciones violentas en algunos casos, y esos casos son muy alarmantes por su mecanismo ilógico.

-¿Se podrían haber evitado presuntos asesinatos como el del descuartizador de Majadahonda?

-Tener una enfermedad grave no es una condena, por tanto no se puede encerrar a nadie por ello. Y si la persona no tiene conciencia de su enfermedad, los malos son los que le rodean, incluido su médico, pero no él. Por tanto no vale que le pongamos un tratamiento, porque no lo va a cumplir. Y cuando se critica al sistema porque un enfermo mental libre haya cometido un delito, hay que pensar cuantos presidiarios en tercer grado cometen delitos graves.

-¿Y qué se puede hacer en esos casos?

-Un tratamiento ambulatorio obligatorio si lo dictaminan el juez o el fiscal. Pero luego también habría que ver como se aplica ese tratamiento para que lo reciba correctamente, porque no podría ir la policía cada ocho horas a su casa para obligarle a tomar una pastilla.

-¿Qué mecanismos tienen para administrar la medicación?

-Si el enfermo tiene conciencia de su enfermedad, es fácil. Si además quiere ser atendido, puede ir por ejemplo a un hospital de día, donde toma la medicación y está controlado. Pero si no tiene conciencia de estar enfermo empiezan las complicaciones. Un posibilidad es la medicación por orden judicial, como dijimos, que tiene sus limitaciones para ser aplicada, porque no se trata de un preso. También se puede hacer una asistencia a domicilio, con visitas incluso periódicas por parte del facultativo y personal cualificado en salud mental. Es una fórmula que se utiliza poco por falta de personal para llegar a todos los pueblos. Pero si el paciente no es consciente de su enfermedad o no quiere ser atendido, tampoco sirve de mucho, porque incluso puede surgir la susceptibilidad hacia el personal. Lo mejor sería potenciar los centros de media estancia para enfermos mentales, que es uno de los grandes déficits de la atención psiquiátrica, porque nunca alcanzaron el grado de implantación previsto en la ley de salud mental del año 1986, cuando los viejos hospitales frenopáticos (manicomios) se intentaron reducir con esa ley hasta adaptarlos a los mínimos de la actualidad.

Tres de cada cinco brotes psicóticos ya se relacionan con el consumo de psicotrópicos

-¿Qué podría aportar la sociedad para que la situación de los enfermos mentales mejorase?

-Primero, no estigmatizar al enfermo con palabras como loco o esquizofrénico, que son diagnósticos pero a menudo se utilizan como insultos. Conviene saber que en su gran mayoría son enfermedades biológicas con repercusión psicológica, (enfermedades del cerebro), que es un órgano como cualquier otro de nuestro cuerpo. Por tanto la enfermedad mental es crónica como cualquier otra enfermedad orgánica y habrá que hacer un tratamiento estable de por vida. Aproximadamente, las enfermedades mentales graves (como la psicosis) se pueden curar en un 30% asumidas en sus primeras fases, y pueden ser controlables en un 70%. Pero siempre va a quedar una parte, lo que llamamos psicosis refractarias, de muy difícil manejo.

-¿Qué relevancia pueden tener los actuales hábitos de consumo de alcohol o de otras drogas en la salud mental

-Mucha. Por ejemplo, el efecto del alto consumo de alcohol en los jóvenes -modelo botellón- es muy grave. Nuestro desarrollo cerebral acaba sobre los 26 años, y luego empieza la muerte neuronal. Antes de esa edad, el consumo de alcohol mata las neuronas y los jóvenes cuando beben, están podando su cerebro. Otro caso es el consumo de cannabis fumado, la llamada «maría» que hasta hay sectores que lo quieren legalizar. Pues bien, uno de los derivados del cannabis que se queda en el cuerpo tras fumar el porro es el tetrahidrocannabiol. Pasados varios meses, provoca brotes psicóticos y ya nadie los asocia con el consumo del porro pasado el tiempo. Por falta de asociación, es tanto o más peligroso que el consumo de alcohol o de otras drogas. Tres de cada cinco de los primeros brotes psicóticos que ingresan en un hospital de cualquier parte del mundo civilizado tienen relación directa con la ingesta de sustancias psicotrópicas y en algunos casos son el desencadenante.

«No se desarrollaron los centros de media estancia previstos por la ley y esa es la gran limitación»

-¿En qué consistirían los centros de media estancia para asistencia a enfermos mentales?

-Cuando un enfermo mental sufre un ataque agudo es atendido de urgencia en la unidad mental de agudos del hospital general, en nuestro caso, el HULA. Estas unidades de agudos funcionan bien. Se crearon en la ley del 86 de Ernest Lluch, que también preveía la creación de unidades de estancia media, pero estas nunca alcanzaron el nivel de implantación que precisaba el desarrollo de esa ley. Si hubiese un centro de media estancia para continuar el tratamiento después de salir de la unidad de agudos, el enfermo podría seguir ingresado un tiempo para hacer su seguimiento habitual y recibir una atención terapéutica periódica de su médico, que en algunos casos podría recomendarle una estancia de semanas o incluso de meses y conseguir una mejor estabilización. No son centros caros, porque exigen mucho menos desarrollo tecnológico y equipo que las unidades de agudos.

-¿Y como se suplen estos centros que no se desarrollaron?

-En muchos casos se atienden las crisis agudas y luego se pierde el control efectivo de ese enfermo hasta que vuelve a entrar en crisis. Y en ocasiones surge el problema de la puerta giratoria. Y vuelta a empezar, provocándole grave sufrimiento e inestabilidad a él, a su familia y a su entorno. Todo lo demás depende del voluntarismo de cada médico con sus pacientes, por ejemplo facilitando el acceso telefónico a la familia para que nos llame cuando tenga problemas o para hablar con el propio paciente, intentando suplir la falta de esas unidades intermedias.

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