El otro tío Gilito


Los pensionistas, autónomos y empleadas de hogar son muy cucos y están llevando a este país a la ruina. Se piensan que se la dan con queso al ministro Montoro y que como se pasa el día tronchándose de risa no se entera de lo que se trae entre manos. Pero Montoro es un ministro implacable en su quehacer. Un justiciero.

Y así, el sonriente y divertido Montoro ha abierto una lucha sin cuartel contra el fraude fiscal, que es lo que muchos reclamamos con vehemencia. Empezó por una amnistía, luego por las fallas de Valencia, siguió el San Froilán de Lugo; más tarde las empleadas domésticas, los titiriteros y ahora va abiertamente a por pensionistas, autónomos, ahorradores y asalariados. Hay que recuperar esos 59.500 millones de euros que cada año se nos van por el desagüe y que, por lo visto, esconden los jubilados y es posible que hasta algunos menesterosos.

Montoro sabe lo que hace. Podría ir perfectamente a por los que evaden capitales, los de sobresueldos o tarjetas black; podría incluso colaborar con el juez Ruz para recuperar el dinero oscuro de su partido, pero está dedicado a pensionistas, que no dan golpe; autónomos y adinerados similares, porque no es cuestión de atacar a los que esquían en Suiza.

Decía el autor del Quijote que hacen menos mal los delincuentes que un mal juez. Debía de intuir que cerca de donde acabamos de encontrar su chasis óseo se establecería el ministro Montoro. El mismo que imparte justicia fiscal como el tío Gilito, aquel personaje de Disney que se pasó la vida defendiendo a los poderosos. Y potentados.

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