La investigación documental revela perfiles desconocidos del balneario

Los estudios arqueológicos aportan datos sobre la relevancia histórica de la ciudad


lugo / la voz

Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por Arqueoconsulting en el Balneario de Lugo, cuyos últimos flecos se rematarán en este año, aportaron datos muy relevantes para la historia de las termas y de la propia ciudad. El arqueólogo responsable de la excavación, Francisco Hervés, bucea ahora en la más variada documentación para la adecuada interpretación de los hallazgos realizados sobre el terreno.

En estos días, Hervés estudia documentos del siglo XIX que facilitan información muy completa tanto sobre las propias termas como sobre la propia ciudad. En cuanto al balneario, se confirma que hubo al menos cuatro manantiales, el principal, conocido, y otros tres. Los investigadores localizaron además vestigios de otro manantial, del que no se sabía.

Frente a lo que se sostiene en alguna reciente publicación especializada, lo que en ella se denominan como pozos de captación de agua no son tales, sino pozos de decantación: el agua entraba en ellos por un punto bajo y salía por otro más alto. El agua llegaba a estos pozos por unas canalizaciones de madera, recubiertas por cal y cantos rotos (piedra de granito desmenuzada), mezclado con fragmentos de teja y cerámica romana.

A la luz de la documentación que manejan los arqueólogos, cabe la reinterpretación de lo que hasta el momento se consideraban escorrentías de la N-VI. Se constata que existieron manantiales por encima de la citada carretera y que su agua se utilizaba para enfriar la de las termas hasta situarla a la temperatura idónea para los fines terapéuticos a los que se aplicaba en cada caso. Hervés entiende que algunas de las consideradas hasta ahora escorrentías, son lo que queda de aquellos manantiales.

Hervés destaca la importancia que tuvo el balneario para poner a Lugo en el mapa, para hacer de ella una ciudad relevante. Así, señala que, de acuerdo con los documentos que maneja estos días, en 1863 hubo 1.337 usuarios de las citadas instalaciones; como dato significativo aporta el de los miles de dosis de agua bebida que se despacharon.

De la importancia del balneario en ese mismo año da idea el hecho de que se incorporaron dos nuevas bañeras, de mármol, que completaron el equipo de pilas de que ya disponía, revestidas de loza cerámica. Se instaló una bomba de agua. Lo narró el médico José Jorge de la Peña, que anotó cuidadosamente las observaciones meteorológicas en relación con el éxito de los tratamientos aplicados. Así, detalló que en junio de ese año hizo buen tiempo, con temperaturas altas; fueron atendidos 107 enfermos, de los que el tratamiento dio resultados favorables en 81. El mes siguiente, julio, fue menos favorable para la recuperación de los paciente. El galeno anotó que fue un mes excesivamente seco y caliente y que hubo nieblas que llegaron a considerarse fétidas. Esto dio como consecuencia que los resultados de los tratamientos fueran solo «medianos». En ese año, el complejo termal sufrió cambios: se amplió el edificio dedicado a hospedería con un «elegante salón» y se instaló la galería que aún se conserva.

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