«En la comuna di todo lo que pude, pero me quemé»

El docente repasa los cuatro años en que vivió en Foxo y Vilar


pontevedra / la voz

La nueva película del realizador gallego Ignacio Vilar, Vilamor, recupera en forma de ficción la historia de la comuna que se formó en dos aldeas lucenses, Foxos y Vilar, a finales de los setenta. Sergio Álvarez, que acaba de prejubilarse después de treinta años como profesor, fue uno de los fundadores de aquel proyecto, que buscaba un sistema alternativo y autosuficiente en comunión con la naturaleza y que algunos continúan todavía hoy. Él estuvo cuatro años.

-¿Cuándo llega a Foxo?

-Cuando acabé Educación en la Universidad en Madrid estaba cargado de idealismo de cambio, quería poner en práctica otra forma de educar. Entré en contacto con un grupo, KAE (Komunidad Agropecuaria Educativa), una experiencia piloto en Amoeiro (Ourense) en la que se quería ver si cuidando animales y una huerta chavales conflictivos podían tener avances. Y los hubo. Allí entré en un proceso de la vuelta al campo y descubrí que se podía vivir de la tierra. Hubo que cerrar aquella actividad y entonces contacté con Nilo, un chico de origen gallego que venía de Barcelona y que había montado en Lugo un bar alternativo, donde tenía un bote para que la gente pusiese el dinero que le parecía por lo que consumía. Pero lo tuvo que cerrar. Un día me propuso ir a ver unos pueblos abandonados. Vimos el embalse y unos pueblos llenos de silvas y levantándolas con una hoz descubrimos los hórreos, las fuentes... Foxos estaba al lado del embalse y Vilar a un kilómetro y medio arriba. Y nos dijimos ¿Venimos para aquí una temporada? En verano cogimos un rebaño de 80 cabras y nos fuimos, junto a otros dos chicos. Enseguida empezó a venir gente. Ya a finales de ese año, 1978, había como 30 o 40 personas.

-¿Cómo fue el inicio de la convivencia?

-Ese año a lo que nos dedicamos fue a abrir caminos, limpiar casas y a pintar. Al principio estábamos en una tienda de campaña junto al río. Y nos fuimos instalando en Foxos, donde había diez casas. Comíamos y dormíamos allí, hacíamos fuego, íbamos a la fuente y nos bañábamos desnudos en el embalse. Me dijeron luego que en Negueira de Muñiz en aquellos tiempos empezaron a comprar muchos prismáticos. Ya ves, en el último pueblo de Galicia, el más arrinconado, de repente aparece gente joven que se baña desnuda... Tenía entonces 28 años. Y estaba fuerte, pero era duro...

-¿Cuánta gente llegó a estar en la comuna?

-No se plantea una comuna de una forma premeditada, es un montón de gente que va llegando y todos comparten lo que hay. ¿Que se le llama comuna? Quien le llamaba comuna eran los de enfrente, los de Negueira. Nos llevábamos muy bien porque ellos vieron el mundo cuando empezó a entrar tanta gente joven. Veían un movimiento que antes no tenían. El cartero empezó a tener oficio... Llegamos a ser mas de 100 y de muchas nacionalidades.

-¿Cómo vivían?

-Vivíamos del rebaño de cabras. Hacíamos queso, pero no llegábamos a venderlo porque nos lo comíamos. También tomábamos carne de cabrito, pero poca, porque los que teníamos los vendíamos. Y entonces, cocinábamos cosas nuevas. Una chica canaria nos enseñó a hacer gofio y era lo que desayunábamos. Se intentaba el reparto de tareas, pero casi siempre por la noche al fuego era cuando decidíamos lo que haríamos al día siguiente. El primer año, sobre todo, era el trabajo con la tierra. Cavar, además de ser pesado, te llevaba una eternidad al ser todo a mano. Pero había tiempo para el ocio, para divertirse y cantar al lado del fuego. Cuando hacía calor estabas a la sombra con los amigos bañándote, te ibas al embalse para pescar y con un trasmallo cogías tres kilos y comíamos todos. Pero aún así había escasez, creo recordar que comíamos lentejas, y viudas, casi todos los días. Y no teníamos electricidad, empezamos con velas y después compramos un cámping gas. Más tarde, utilizamos candiles de carburo.

-No había propiedad privada ¿Y lo del amor libre?

-Es un tema que provoca, que gusta saber y es una máxima hippy. Se decía fuera como que éramos así, pero hacia dentro nosotros sabíamos que no. No había contrato de pareja, pero sí que la mayor parte tendíamos a establecer una relación estable. Pero sometidos a vaivenes...

-¿Que le parece ver ahora reflejada esa vida en «Vilamor»?

-Me resulta ajeno. Ojalá tenga éxito, pero no me siento identificado ni yo ni varios de los que estuvimos allí. No nos preguntaron nada ni saben los problemas que había. ¿Amor libre? Si la mayor parte éramos parejas. Puede que una noche sí, pero para eso no hay que ir a una comuna. Los primeros años fueron los más bonitos de la convivencia, porque teníamos cierta afinidad, compartíamos todo... Yo di todo lo que pude, pero me quemé.

-¿Por qué se fue?

-Hubo conflictos en la relación de grupo. Al segundo año yo ya me fui a Vilar y los piques se van convirtiendo en conflictos de dominancia. Recuerdo haber sido criticado por algunos como un capataz. Pero yo me exigía más a mí mismo y pedía colaboración para que aquello funcionara, porque no quería vivir en la indigencia. Empecé a desencantarme y se sumó que fui padre. Mi hijo fue el primero que nació allí. En una habitación, con las cabras abajo dando calor, y todo el pueblo reunido, alguno tocando la guitarra. Y todos deseando que saliera bien.

sergio álvarez profesor y fundador de la comuna recreada en el filme «vilamor»

«Los primeros años fueron los más bonitos, compartíamos todo»

«Mi hijo fue el primero que nació allí, en una habitación con todos reunidos»

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos

«En la comuna di todo lo que pude, pero me quemé»