«Klaus», aún más destructor desde el aire

Los efectos del ciclón extratropical cobran una nueva dimensión a una semana de su paso cuando se observan desde una avioneta, ya que bajo la apariencia de normalidad se revelan sus verdaderos daños


Klaus fue un fenómeno caprichoso. Desde su mismo origen, poco frecuente en estas latitudes, hasta su llegada: un día antes de aparecer en Galicia ni se le veía en el satélite, pero se intuía ya su presencia. Los modelos matemáticos de predicción apuntaban un tramo horario en el que el ciclón extratropical pasaría cerca de la comunidad, pero Klaus se retrasó. Aunque también podía haberse adelantado. Los temporales surgidos de una ciclogénesis explosiva -que se produjo por el choque de una masa de aire caliente con otra fría en el Atlántico- tienen esa característica: ganan en profundidad con suma rapidez y suponen todo un reto para los meteorólogos que deben elaborar sus pronósticos.

Al sobrevolar Galicia, el caprichoso Klaus propone un nuevo juego: adivinar dónde se han producido los daños del temporal. Porque desde el aire, el paisaje gallego ofrece la estampa bucólica de siempre, con su verdor minifundista, el descontrol forestal y la dispersión poblacional, a los que ahora se suman las ordenadas formaciones de aerogeneradores.

Pero es al descender cuando se revelan los estragos del Klaus, que proporcionan una nueva magnitud al fenómeno. Apenas hay invernaderos que hayan conservado sus plásticos. Las naves con parte de su cubierta arrancada se cuentan por docenas. Las plantaciones de árboles presentan diversos grados de destrozo, desde los ejemplares que se han doblado ante el ímpetu del viento hasta los que fueron arrancados de raíz. Valles que aparentemente se salvaron del paso del vendaval descubrían poco a poco retazos de monte aplastados por la fuerza del viento. Con los núcleos habitados ocurre algo similar: la calma se volvía ficticia cuando una inspección más minuciosa destapaba las cubiertas de naves y edificios arrasados.

Hacia el norte se multiplican

A medida que el piloto pone rumbo norte, desde Monfero los daños parecen multiplicarse. Las parcelas afectadas crecen en número y también en la virulencia de los efectos del ciclón extratropical. Resultaba paradójico ver cómo algunas plantaciones permanecían en pie, mientras otras a tan solo unos metros eran un amasijo de troncos y ramas sobre la tierra; también había fincas en las que los árboles se quedaron congelados en diversos grados de inclinación, como si a una mano gigantesca se le hubiese ocurrido acariciar el bosque y hubiese pasado los dedos por entre la hierba y no a través de árboles.

Un primer vistazo permite elaborar una teoría rápida sobre el alcance de los destrozos: la inmensa mayoría de las plantaciones afectadas son de eucaliptos, mientas que los árboles caducifolios resistieron mejor los embates del viento, quizá porque a estas alturas del año están desnudos de hojas o por tener una altura menor. En esta línea, la comarca de Ortegal fue una de las más afectadas. En la propia ría de Ortigueira todavía era posible observar ayer desde el aire cómo un ejemplar tras otro de eucalipto, hasta sumar una docena, cortaban el paso en los caminos de tierra trazados a través de las marismas.

Combate con el hombre

Si la naturaleza libró un combate con sí misma durante el temporal, las construcciones levantadas por la mano del hombre también trataron de oponer resistencia al Klaus. Y, en muchos lugares, perdieron. No solo los invernaderos. Las cubiertas también volaron, sin importar que fuesen de fibrocemento, pizarra, teja o plástico. Algunas naves ofrecían una imagen muy próxima a la desolación, con su cubierta hundida entre muros inservibles, mientras que otras muchas se asemejaban más a la boca de un anciano que va perdiendo los dientes, a tenor de los huecos que el viento abrió en las techumbres. Viento que trató por igual a viviendas, construcciones industriales y polideportivos como los de la costa de Lugo. Casas de vacaciones y chalés, restaurantes que abrían sus vistas a paseos desarbolados, como el de Cariño. Edificios en obras cuyos constructores se vieron obligados a tapar los huecos con plásticos. Los mismos huecos que se veían en algunas construcciones auxiliares de la central térmica de As Pontes. Los monasterios, en cambio, como los de Monfero y Caaveiro, permanecían impasibles.

A los efectos causados por el viento se suma también la lluvia caída en los últimos días. Aunque no han llegado a desbordarse, son muchos los ríos cuya agua ha comenzado a rebasar en un metro o dos el cauce habitual, encharcando prados, veteados además por numerosos arroyuelos. Bajo el sol que a modo de tregua concedió en la mañana de ayer toda una semana de mal tiempo brillaban entre la hierba.

Menos visibles, los efectos del Klaus también eran patentes en el litoral. Como en el puerto exterior de Suevos, en A Coruña, donde las olas causaron daños en los diques en construcción. No en vano, toda la costa se mantuvo en alerta naranja por mar de fondo.

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