Monseiro, siete murales para un pueblo

Las pinturas, que constituyen un homenaje a Galicia, las realizó durante las vacaciones de treinta años

Monseiro, el pueblo de los siete murales Fermín Díaz lleva diez años esperando ayuda para su museo al aire libre. Las pinturas, que constituyen un homenaje a Galicia, las realizó durante las vacaciones que tenía como profesor.

lugo / la voz

Fermín Díaz Losada, un sarriano emigrado en Barcelona, licenciado en Historia Contemporánea y Bellas Artes, dedicó sus vacaciones de verano de 30 años a pintar murales en las paredes del barrio de Manxarín, en Monseiro (Láncara). Fue, según sus propias palabras, una manera de ocupar las horas de una forma constructiva, en un pueblo en el que no hay ni un solo bar. Lo hizo en muros de las propiedades de su suegra -el primero, que recrea a dos parejas bailando una muiñeira, en la palleira de la casa familiar- y en los de los vecinos que se los cedieron de buen grado como lienzo. El último lo acabó este año. Lo pintó en el atrio de la iglesia como homenaje al párroco, don Leopoldo, cuando se jubiló. Recrea la imagen de un pastor, guiando a sus ovejas, entre ellas tres negras, a la iglesia de Monseiro.

Finxo, que es el nombre con el que firma sus creaciones este profesor de Plástica ahora jubilado, lleva más de una década tratando de que el Concello de Láncara le conceda una ayuda para el mantenimiento de los siete murales. Según explicó, necesita unos 600 euros al año para la conservación de este museo al aire libre que, según sus cálculos, le costó 6.000 euros. Todos los años tiene que aplicar dos capas de barniz sobre la pintura plástica y reparar las grietas y los desconchones. En esta década no ha recibido ninguna respuesta por parte del Concello. Fermín Díaz le propuso una ruta turística y cultural, aprovechando que el Camino de Santiago pasa a unos 2,5 kilómetros de Monseiro, para visitar sus pinturas y otros lugares de interés.

 

El artista, dentro de las obras

El primer mural que pintó, como un homenaje a la cultura y al folklore gallegos, fue el de las dos parejas bailando la muiñeira, que es el más desconocido de los siete porque está dentro de la propiedad de su familia política. Una de las caras es la suya, que aparece de forma recurrente en todo el conjunto, las otras tres, la de su esposa y sus cuñados.

El que más llama la atención es el de la Santa Compaña, en el que el propio Finxo aparece escondido detrás de una pared y señalado por una de las almas en pena que forman parte de la comitiva. Este también es uno de los favoritos del artista, ya que le supuso una mención en una revista de arqueología, que edita la Diputación de A Coruña. Está muy orgulloso porque en ella aparece su obra, según sus propias palabras, al lado de la de Colmeiro y de la de Luis Seoane.

Esta pintura está situada al lado de otra recreación de un pueblo que huye de la Santa Compaña. Uno de los personajes pierde un zapato al salir corriendo.

A la salida del pueblo, en la pared del silo de un vecino, se las ingenió para poder pintar los 100 metros cuadrados que ocupa, repartidos en cuatro cuerpos diferentes, en los que recrea escenas relacionadas con la recogida de la mies. El artista aparece en uno de ellos tirando de un carro de vacas. También constituye un guiño al cantante Julio Iglesias, al rescatar una estrofa de una de sus canciones más conocidas: «Un canto a Galicia, miña terra nai».

Emigración y mujer trabajadora

Finxo sabía qué era lo que estaba reflejando en su mural sobre la emigración, pintado en el año 2004, en una pared al lado de la casa de su suegra. El artista asegura que trató de plasmar el concepto de madre patria. Para ello tomó prestada la figura de Rosalía de Castro, que aparece vestida con un manto de rosas, hojeando uno de sus poemas sobre la diáspora. Un buque y la familia despidiendo a la persona que se marcha, completan la escena.

En estos 30 años la inspiración llevó al artista a dedicar una de las paredes del barrio de Manxarín a la mujer trabajadora. Recrea una escena de mujeres lavando en el río, que aparece flanqueado en un extremo por la primera casa del pueblo, y en el otro, por la última. El dueño de la construcción en la que pintó este mural confesó que estaba muy orgulloso del trabajo de Fermín Díaz.

Necesita 600 euros al año para el mantenimiento del conjunto de las pinturas

El primero lo pintó en la palleira de la casa de su suegra y el resto en edificios del pueblo

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