La nieve complica el camino al más allá

Josefa Amigo reposa con su esposo en el cementerio de Cereixido tras complicarse su último «viaje»

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Entierro bajo cero en Cervantes La nieve y el hielo no frenan los entierros. En Cervantes los operarios de la funeraria tuvieron que quitar la nieve con palas antes de empezar a hacer propiamente su trabajo

lugo / la voz

El último viaje de Josefa Amigo fue complicado. Falleció en Barcelona el pasado domingo a los 90 años, atravesó media España entre la nieve y, finalmente, pudo enterrarse ayer en Cereixedo. Reposa en el pequeño camposanto de esta aislada aldea del municipio de Cervantes. Los funerarios tuvieron que retirar con palas la nieve para poder llegar a la sepultura; una máquina limpió por la mañana una parte del acceso y el hielo de la peligrosa pendiente de acceso a la iglesia fue eliminado a mano. Un entierro de odisea en lo más profundo del rural gallego en el que todavía quedan muchas cosas por mejorar.

Josefa, de la casa Valdodreiro de Veiga do Seixo, en Cervantes, fue una de las muchas mujeres de la zona que optó por la emigración. Cuentan sus allegados que estuvo en Londres una temporada y acabó recalando en Barcelona. «A terra sempre tira e ela volveu á casa moitos veráns. E agora, xa ve... Ven repousar para sempre», explicó un vecino del lugar que asistió ayer al complicado sepelio.

Los de Novelle, una de las funerarias de la zona, sabían que era más fácil trasladar el cadáver desde Barcelona (más de mil kilómetros) que de San Román de Cervantes, donde está el tanatorio, a la iglesia y cementerio de Cereixedo, a 20 kilómetros. Google decía que 40 minutos; el jefe de la funeraria, una hora. Mejor hacer caso a quien conoce el terreno. Al final fueron sesenta minutos, casi exactos, con más de doscientas curvas para un lado, para otro y más de treinta centímetros de nieve en muchos tramos.

«Veremos como vai a cousa. A estrada está aberta porque pasou a máquina pola mañá, pero o problema vai ser chegar logo a igrexa por mor do xeo. Aínda non sei se haberá que sacar o cadaleito a ombros», indicó el responsable del tanatorio antes de partir con la difunta.

Enterrar en medio de la nieve no es fácil. «O luns tivemos un na zona do Cebreiro. Menos mal que Raposo, o alcalde, tiña todo limpo de neve. Temos un defunto para levar a Pena do Pico. Fomos hoxe cos todoterreo e non puidemos pasar», explicó el jefe de la funeraria.

La comitiva fúnebre para el traslado de Josefa, se organizó como lo establece el protocolo de entierros en la montaña. Primero sale un todoterreno, a modo de vehículo lanzadera, con dos empleados de la funeraria. Después parte el cura. Diez minutos más tarde lo hace el coche fúnebre con el féretro y las coronas. Si los que pasaron antes encuentran algún problema, avisan y se busca una solución. «Ben ve que non é o mesmo facer un enterro en Lugo que aquí, pero xa estamos afeitos a esta neve e a outras moito peores. ¡Nalgunha ocasión houbo que levar aos mortos en tractores!», dicen los de la funeraria.

Curvas, nieve y ceniza

Después de curvas y más curvas, subidas y bajadas, una estrecha carretera hace de negra autopista debido a la ceniza que el agua arrastró de los outeiros quemados el pasado otoño. Por este tramo, los coches no patinan ni por la nieve ni por el hielo, «patinan na cinsa». Pero, poco a poco, la comitiva se aproxima al destino.

Cumplido el objetivo de llegar a la iglesia y el cementerio, un conjunto de gran belleza aunque lo afean chapas colocadas a modo de tejado en algunos nichos, como hizo ver el cura después de una celebración ágil. No estaba la temperatura para sermones. Fuera, carámbanos de unos cuarenta centímetros colgaban del tejado del templo. «Amigo, isto non é nada. Houbo nevadas e xeadas que duraron semanas. Canto enterrarmos ao Lulo (un vecino del lugar) houbo que sacar o tractor diante do coche da funeraria, senón non éramos capaces de levalo ao camposanto», explicó un vecino.

De esta vez no hizo falta tractor. El coche fúnebre llegó hasta la cancilla de acceso a la iglesia y al camposanto con una gran capa de nieve. Si no fuera porque el terreno estaba al lado de la iglesia, difícilmente se podría saber que aquello era un cementerio. «Teña coidado onde pisa. Se cadra, está encima dunha lápida que pode romper e caer dereitiño á sepultura», advierten al fotógrafo.

Los funerarios, preparados para este tipo de situaciones echaron mano de las «bellotas» -les llaman así a las palas porque son fabricadas por la casa Bellota- para retirar parte de la capa blanca y poder llegar sin demasiados problemas al panteón donde finalmente Josefa reposa junto a su esposo Eduardo Rodríguez.

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