Del zoo de Madrid a una finca de Castroverde de más de 60.000 metros cuadrados

Andrés Abad cogió las maletas y a su madre, de 98 años, para montar un paraíso repleto de gamos, faisanes, patos, cabras, ovejas, gallinas, mastines y pavo reales

Andrés Abad Cebolla es madrileño. Trabajó en el zoo de Madrid y, hace dos años, gracias a una web de aldeas abandonadas encontró una casa en Sarceda que lo conquistó desde el primer momento. Entonces, no dudó en coger las maletas y a su madre, que tiene 98 años, y mudarse a la Galicia interior para cumplir su sueño: criar, cuidar y disfrutar de los animales. «Mi madre con las olas de calor de Madrid ya no estaría aquí. Esto es mejor para ella», explica Andrés.

En su finca, de más de 60.000 metros cuadrados, tiene gamos, gallinas, ocas, faisanes, patos demonio, patos carolino, cabras girgentana que están en peligro de extinción, pavos reales, perdices, cabras, ovejas enanas, mastines, gallinas sureñas, gallinas sedosas japonesas y un sinfín de especies que conviven en armonía.

«Trabajaba en el zoo de Madrid, la naturaleza era lo que me gustaba, tenía la necesidad de vivir en un sitio así, con calidad de vida», explica Andrés desde su pequeño paraíso. Entonces, este madrileño decidió reformar una de las dos viviendas que adquirió. Convirtió la palleira en casa. Y ahora es feliz en ella. Los trámites para convertir su finca en núcleo zoológico ya han empezado y espera que lleguen pronto para poder adquirir y criar más animales.

Una extensión del zoo

«Esto es una extensión del zoo», cuenta Andrés camino de la zona de bosque en la que viven los gamos, que incluso esperan que los acaricie. «No me acerco mucho normalmente porque quiero que conserven su esencia salvaje, sus instintos», explica. Su finca es un oasis en el que se puede ver cómo los mastines pasean entre cabras y pavos reales. Todos son amigos e incluso se defienden. También se pelean y marcan territorio cuando es preciso. En total, en el recinto tiene seis estanques que pronto acondicionará con cascadas. Por supuesto, Ángel también tiene peces.

Aunque la carga de trabajo y los costes de mantenimiento son importantes, a Andrés no le importa. «Para mí esto no es trabajo, es lo que más me gusta. Estoy en paz. Pronto venderé una casa que tengo en Madrid para poder invertir más. No volveré a Madrid porque aquí soy feliz, aunque me cueste dinero», explica.

Pero en realidad, la historia de Andrés tiene mucho trasfondo. Tenía un empleo estable y cómodo pero, a los seis meses, vio un anuncio en el periódico que decía que se buscaban trabajadores en el zoo de Madrid. No dudó un solo segundo en dejarlo todo y meterse entre animales para hacer lo que hiciese falta.

Prado y monte

En su finca, tres hectáreas son de prado y tres de monte, para permitir así que sus animales vivan en las condiciones naturales que necesitan. El espectáculo es de tal majestuosidad que permite ver cómo las ocas disuelven las peleas que puedan tener otros animales. Los cinco mastines protegen a todas las manadas y las cuidan. Hasta el momento, el lobo no ha provocado daños y tampoco han penetrado en la finca de Andrés otros animales salvajes.

«El zoo me lo ha enseñado todo. Faunia también me da animales. Yo soy cuidador especialista en fauna australiana, asiática, europea y africana», explica Andrés, que pronto construirá naves para separar algunos de sus animales por especies. Aunque él adora y se desvive por ellos. Tadeo es un mastín muy especial para él, un compañero de viaje y de aventuras que siempre está a su lado.

Una casa rural en la que los niños puedan disfrutar de los animales en su hábitat natural

Otro de los sueños de Andrés es crear una casa rural en una vivienda que está adosada a la suya, y que también es de su propiedad. «La idea es enfocarla a que la gente venga con los niños y estos puedan disfrutar con los animales y estar con ellos», cuenta este madrileño, que está esperando a que le tramiten algunas licencias y a vender una de sus propiedades de Madrid para poder empezar a rehabilitar e invertir.

Vida familiar

En la aldea de Sarceda, que pertenece a Montecubeiro, viven un total de cinco personas. La compenetración de Andrés es tal que, al llegar a su templo, dos de los vecinos están en su casa, tomando café con su madre. Desde que llegó, hace ya dos años, este madrileño confiesa que nunca se ha sentido solo y que los vecinos lo han acogido de una forma excepcional. Basta con ir a cualquiera de las otras aldeas de Montecubeiro para comprobar que todo el mundo conoce a Andrés. Y todos hablan de sus animales y del sueño que está logrando con trabajo, paciencia y vocación.

Para él, llegar a Galicia ha sido alcanzar un pequeño paraíso, a nivel personal y mental. Al fondo de su finca solo se ve el monte y un horizonte espectacular en el que los eucaliptos aún no quitan demasiado espacio. Los animales forman parte del paisaje diario de los residentes de la zona y llaman la atención de cualquier persona que se deja caer por allí. Verlos es un espectáculo que irá a más cuando abra una casa rural única en todo el país, con animales en peligro de extinción y razas que se están recuperando. Esta también es la lucha de Andrés.

La finca se adornará y dividirá para abrir al público. También se llenará de flores que Andrés aún guarda en las macetas situadas a la entrada de su casa. A él no se le escapa nada del mundo natural. Su pasión y vocación le ha permitido adquirir conocimientos únicos, esos que no están en los libros y que solo se obtienen conviviendo y cuidando a diario de los animales.

Como si de un regalo se tratase, las cabras girgentana regalan un espectáculo difícil de encontrar: una lucha de apenas segundos en la que los animales hacen gala de su fuerza, de su elegancia y de su fortaleza. Los cuernos, impresionantes, miden hasta un metro. Además, los animales se concentran alrededor de Andrés para pedirle maíz e incluso se dejan acariciar, o más bien reclaman atención

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