«Papá: descansa en paz. Te lo pide tu niño mimado. Darío»

La historia del lucense que tardó 69 años en descubrir el cuerpo de su padre


lugo / la voz

Le llevó sesenta años encontrar a su padre. Sabía que había sido asesinado durante la dictadura franquista, pero desconocía el lugar dónde lo habían sepultado tras dejarlo tirado. Durante su larga lucha, Darío Rivas Cando, nacido hace 99 años en Loentia (Castro de Rei), se convirtió en un activista en favor de los derechos humanos. Falleció hace unos días en su casa de Ituizangó, en la zona oeste del Gran Buenos Aires donde fue uno de los promotores de la primera querella contra los crímenes del franquismo. Su padre, Severino Rivas, alcalde de Castro de Rei en la República, fue ejecutado en 1936. Darío, su hijo, fue distinguido en agosto de 2014 con la placa de honor de la provincia de Lugo, un acto que alcanzó una destacada repercusión en Argentina.

La historia de Darío es larga y complicada pero, a la vez, un ejemplo de lucha y tesón. En esa batalla que libró a más de diez mil kilómetros de donde estaba sepultado su padre, llegó a contar con el respaldo de numerosas personalidades, entre ellas el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

Tras el fallecimiento de su madre, su padre lo envió a estudiar a Buenos Aires cuando tenía poco más de ocho años. Era el menor de nueve hermanos. «Recuerdo la travesía. Duró 17 días. En ese tiempo solo comí chocolate y manzanas. Por fin llegamos y allí estaban esperándome mis hermanas y un tío».

«Mi padre era un adelantado de su tiempo. Con pocos años, me llevó al Gran Teatro a Lugo, a Coruña, a cafés que tenían sillones de cuero. Eso era especial para un niño que se sentaba detrás de una lareira»

«Perdí a mi madre con 5 años y a mi padre nunca más lo llegué a ver porque lo mataron los falangistas cuando yo estaba en Buenos Aires y tenía 16 años. Jamás pensé encontrarlo».

Darío Rivas supo que su padre estuvo escondido durante tres o cuatro meses. Lo buscaba la Guardia Civil, contó en más de una ocasión, por un incidente que tuvo con el recaudador de Castro, que pretendía cobrar más a quienes ponían puestos en la feria. Los afectados pidieron ayuda a Severino Rivas y alguien se chivó de lo ocurrido.

«Se planificó su detención en el Café España de Lugo, al que iba con frecuencia. Lo llevaron a la cárcel y lo entregaron a los militares. Le hicieron firmar que salía en libertad, pero lo que sucedió fue que lo pusieron a disposición de los falangistas que lo asesinaron el 29 de octubre de 1936. Todo eso lo tengo documentado. ¡Quise saberlo todo, como haría cualquier persona a la que le matan a su padre! Los padres de antes quizás no fuesen tan afectuosos como hoy, pero el mío me mimó y así se lo puse en la placa del panteón: Papá, descansa en paz. Te lo pide tu niño mimado. Darío».

Para poner esa placa tuvo que esperar más de 69 años, que fue el tiempo que le llevó saber dónde habían enterrado a su progenitor. Para conseguirlo, no dudó en hacer más de veinte viajes de Buenos Aires a Galicia. «A veces le digo a mis amigos: ¡Que equivocación cometí! ¿Vos sabés la plata que tendría sino la hubiera gastado en los viajes?», bromeó en alguna ocasión. En uno de esos viajes, en 1994, supo que su padre estaba enterrado en una zanja al lado de la iglesia de Cortapezas (Portomarín). Consiguió la exhumación en agosto de 2005.

Un alcalde con actitud caritativa hacia los pobres

Severino Rivas, el padre de Darío Rivas, fue elegido alcalde de Castro de Rei, el 9 de mayo de 1936. El 29 de julio de ese mismo mayo fue destituido y se ocultó en Lugo. En Castro recuerdan que fue un hombre que ejerció la caridad hacia los más pobres, una herencia que le dejó su madre que sembraba algunas leiras de patatas para repartirlas entre los que no las tenían.

«Esto está mal. Antes de morir me paso al reino animal, porque es más humano»

El gran esfuerzo mantenido por Darío Rivas durante tantos años de su vida, tuvo una compensación. «Fue en 1994, y por una coincidencia. Ese año dedicaron una calle a mi padre en Castro. Me pidieron que acudiera y así hice. En algún momento me dijeron que él podría haber quedado en el cementerio del viejo Portomarín, bajo las aguas del embalse. Una tarde fui a dar una vuelta al pueblo, más que nada de turismo; entré en un bazar que tiene cosas de regalos; la dueña me preguntó de dónde era y comenzamos una conversación en la que hablé de la falta de mi padre. Ella acabó contándome que recordaba la muerte de dos personas de Castro cerca de Cortapezas. Supe en ese momento que uno de ellas podría ser mi padre. Hablé con muchas personas y no tuve ninguna duda. Incluso llegué a contactar con quien veló los cuerpos de los asesinados y me contó los tiros que presentaba mi padre, uno de ellos en la frente. Quienes lo mataron eran profesionales del asesinato».

«Fómolos recoller nun carro, porque deixáronos tirados nun monte», le contaron en Cortapezas. Darío Rivas tuvo que esperar a 2005 para exhumar los restos de su padre y trasladarlos al panteón familiar de Loentia para que reposen definitivamente.

Rivas Cando fue, sin duda, gran valedor de los derechos humanos. En una ocasión, en una de sus muchas conversaciones con quien esto escribe, con fino humor (mezcla de retranca galega y aire porteño) hizo una advertencia, alarmado por la situación en muchos países: «¡Antes de morir, me paso al reino animal. Es más humano que el nuestro!».

«Todo lo que se haga en defensa de los derechos humanos, es poco. No nos engañemos, a los políticos y a muchos sectores de la sociedad, les sobran. Invertimos en fabricar medicinas que muchos pueblos no pueden comprar. Hay países sin hospitales y gastamos en armas. Vivimos una decadencia moral y sufro por ello».

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