El mesón de Doiras fue el espacio para acoger a los más de treinta desalojados

Así fue la noche de quienes tuvieron que dejar su hogar


LUGO/ LA VOZ

Eduardo, Oliva y las dos Celias se turnaban en la madrugada de ayer para atender su negocio, el mesón de Doiras. Sus clientes no fueron los habituales. Esos que acuden a echar una partida o a contar un «conto». Ayer, sus visitantes fueron los más de treinta vecinos desalojados, pertenecientes a las parroquias de Noceda, Cela, San Martín... En esta última ardieron dos alpendres y varios coches. «Esto é desolador. Téñennos totalmente abandonados na montaña e ante incendios deste tipo, pasa o que pasa. A situación pedía a gritos unha limpeza do monte pero aquí non se fixo absolutamente nada. Agora veñen as lamentacións», manifestaba una vecina en el bar.

Y es que desde que empezaron a ser desalojados, los vecinos acudieron al mesón, espacio que hizo de refugio de más de treinta personas. Cada uno, con su café o su refresco en mano, contaba su desoladora situación. «Cando nos desaloxaron collín a miña pequena e aquí estamos. A ver se queda durmida e a meto no coche», relataba esta joven mamá.

Faltaban dos vecinos, Ricardo y Antonio. Estos dos, de San Martín de Cereixido, fueron trasladados en un primer momento al gimnasio del colegio de Becerreá, donde se preveía que durmieran todos los desalojados. Finalmente se quedaron en el mesón y cuando los otros dos se enteraron de que sus paisanos no subirían, pidieron bajar. Fue un miembro del GES de Becerreá el que lo trasladó al establecimiento. «Cando soubemos que o resto dos veciños no viñan, pedimos que nos trouxeran aquí. Non queríamos estar os dous solos alí», puntualizaron.

Y mientras todos estos vecinos esperan ansiosos saber si sus casas estaban a salvo y si los fuegos estaban controlados, otros paseaban por las pistas desesperados y otros más trabajaban sin descanso para sofocar las llamas. Carrocetas de Navia de Suarna, A Fonsagrada, Cervantes y otra camioneta intentaban también sofocar el fuego. Eran los vecinos de la zona, muchos antiguos brigadistas que vestían la indumentaria para la extinción. «Os accesos están fatal para entrar a apagar todo isto». Sobre las ocho de la mañana, la mitad de los vecinos recibían luz verde para regresar a casa.

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