Tengo camarero propio

EL BAR ES LO DE MENOS Un buen camarero es el mejor reclamo para un local. Hablamos con tres clientes que no necesitan pedir cuando entran por la puerta y presumen de una amistad que atraviesa la barra.

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Hay camareros que hacen que el bar sea lo de menos. Aquí uno no tiene ni que abrir la boca para que le pongan delante el café en su punto justo. Entramos en esos sitios que nos encontramos en cada barrio. En esos locales en los que el roce hace el cariño, y en donde la distancia que marca la barra acaba sirviendo para forjar una amistad a base de muchas conversaciones. Tres clientes nos presentan a su camarero particular, ese que te lee la mente y que, incluso, puede llegar a sentarse contigo para hacerte sentir acompañado. Empezamos por Susana Pereira y su cita ineludible de cada día al terminar la comida.

UN CAFÉ SAGRADO

Algo es sagrado en el día a día de esta vecina de Becerreá y de 28 años de edad. Acudir todos los días, a las cuatro y media de la tarde, al bar Dabadí y tomarse su café con leche y con hielo. No se considera una persona quisquillosa y exigente, pero en este bar sí pone una condición: que su café se lo prepare y sirva una determinada camarera, Dalia Barrero, que es a la vez la propietaria del establecimiento.

El local abrió sus puertas en diciembre del año pasado y la intención era que funcionase como pub. Debido a la normativa de cierres, la chica optó por abrirlo como un bar normal y de copas. Funciona de dos de la tarde a tres y media de la mañana y, además de todas las bebidas y refrescos que un local de hostelería puede ofrecer, aquí se sirven unos batidos y zumos naturales para chuparse los dedos. «Empecé a venir desde que abrió y, desde entonces, aquí estoy todos los días antes de entrar a trabajar. Dalia sabe perfectamente cómo me gusta el café. Ella me lo prepara con la cantidad de café y de leche que quiero y me lo sirve en un vaso grande con hielo», indica Susana, quien afirma que si Dalia se va, se llevaría un gran disgusto porque la considera su propia camarera.

Además de acudir a tomar el café de primera hora para despejarse y empezar con energía la tarde, hay días que vuelve a las ocho con su pareja e hija. «Muchas veces, cuando mi pareja y yo salimos de trabajar, cogemos a nuestra hija y vamos a tomar una caña al local de Dalia», indica Susana, quien la define como una camarera muy abierta, simpática y buena persona. «A tomar el café vengo sola, pero no me importa. Dalia se pone a hablar con todos los clientes, siempre saca un tema y acabamos todos metidos en conversación», cuenta esta joven de Becerreá, que considera a esta camarera como la mejor de todos con los que se ha topado.

Por su parte, Dalia Barrero se siente orgullosa porque percibe el cariño de sus clientes. Tiene 26 años y hace diez que se dedica a la hostelería. Quería ser peluquera o abogada, pero las circunstancias de la vida la llevaron a ser camarera y a montar su propio negocio. Es una persona muy conocida por todos los vecinos del pueblo, puesto que se crio en Becerreá. «El local es muy familiar y mucha gente viene porque yo siempre hablo con ellos y tengo conversación. Una de las cosas para las que tengo buena mano es para el café», concluye Dalia, que se ha ganado a pulso sus clientes.

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«Os dous temos ese punto vacilón»

A Jesús Manuel Ares Maseda (Burela, 1976) le gusta tomar café en el BoasMigas en Burela. Es un bar céntrico desde el cual se ve a los niños jugar en la Praza da Mariña, uno de los corazones de la vida social burelense en el que también se celebran ferias o conciertos. El local es uno de los que «llama» al público y hay días en los que a Ares le tienta varias veces respirar ese peculiar aroma cafetero, por la mañana y por la tarde, si el cuerpo se lo pide. Allí, en ocasiones sin descanso y otras más pausado, según el ajetreo de la jornada, trabaja Ezequiel Salgueiro Cuiña (Silleda, 1990) que también es encargado del establecimiento. Ambos se llevan estupendamente y congenian de maravilla, con lo que el trato cliente-camarero se establece aquí en términos de una amistad forjada a los pies de la barra o de la mesa, según toque. Ezequiel conoce los gustos de Ares, y Ares entabla diálogos con él marcados por un punto «vacilón», como dice, «que temos os dous ademais». «Ás veces xa non lle fai falla dicir nada» a la hora de que el profesional hostelero le sirva. «Ten pasado de convidarme el e de sentar comigo a falar», señala. El buen humor parece ser un hilo de conexión fundamental entre ambos. Claramente. Incluso cuando Ares va con su pandilla de amigos, sobre todo de noche «e van pechar -señala-, ás doce e media ou unha da mañá e quedamos un cacho alí».

Ahora toca preguntarle a la otra parte. Salgueiro llegó al negocio porque era propiedad de un familiar suyo: «No BoasMigas empecei de cociñeiro hai dous anos e medio e cinco meses despois quedou vacante o posto de encargado. Quedei á fronte do negocio, por iso son o primeiro que teño que dar exemplo. A miña relación cara ao cliente é máis importante que a de camareiro en si. Teño que dar a cara, son a cara do local e según faga eu vai copiar a xente que traballa para min. A hostalería lévoa no sangue. A miña familia tivo tabernas e todo o mundo sabe como eran as tabernas antes. Cambiou moito todo porque antes a hostalería era unha forma de vida». Aunque los tiempos vayan a velocidad de vértigo, él sigue manteniendo su lema. Reconoce que es su forma de vida. Por eso no es de extrañar que se lleve tan bien con gente como Ares. «Sei que lle gusta a el e ao seu grupo que eu lles sirva. Métense bastante conmigo, pero eu lévoo con filosofía. Traballas con persoas. Este non é coma outro traballo», señala. Aunque hay días en los que no es fácil parar la rutina y detenerse a mantener una amena charla con el cliente, hay días que sí, dice: «Si que teño parado na mesa de Ares a falar con el sobre todo do negocio». «É das persoas coas que se podería falar de calquera cousa, sen medo». Le comento que su cliente preferido me ha confesado que también en la cafetería Vista Alegre tiene otro camarero predilecto. Es Raúl. «É fácil de entender que teña camareiros favoritos en calquera lugar. É un fenómeno, unha persoa á que atendes con gusto», responde.

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«Compartimos historias y jugamos el mus»

Hace diez años que Aníbal Pereira Nóvoa entró por primera vez en el Café Milanés de la capital ourensana. Y la casualidad hizo que desde ese momento no faltara a su cita. Su relación con el propietario Jose Vázquez Álvarez comenzó poco a poco, y ahora ya se consideran amigos.

«Yo lo conocía de vista. Desde el primer día que entré me sentí supercómodo, cogimos confianza enseguida. Tenemos muy buenos amigos comunes y Jose tiene un don de gentes especial. Hoy te conoce y pasado mañana lo que tiene ya te lo ofrece. Y si aún encima estás cómodo... Yo soy de los que opino que este tipo de negocios tienen éxito cuando el que está detrás de la barra es capaz de crear ese ambiente familiar», subraya Aníbal. Y añade la importancia que tiene saber respetar los momentos. «En ocasiones vienes a leer el periódico y te respeta, y en otros momentos te da conversación. Eso entra dentro de la habilidad de Jose», subraya.

El camarero y propietario del Milanés, que lleva 32 años trabajando detrás de la barra, lo tiene claro: «También es importante que cuando trabajes estés contento con lo que haces y te guste». Jose ya sabe a la perfección lo que quiere Aníbal nada más le ve entrar por la puerta. «Yo ya no pido», dice el cliente. «Cuando llegué la primera vez, durante una semana pedí un manchadito en taza de cortado y a partir de ahí ya no lo hice más», relata Pereira Nóvoa. Pero depende de la hora. A mediodía, ya tiene su corto de cerveza en la barra.

Aunque no se considera el cliente ideal de una cafetería, ya que no consume demasiado, para Jose es muy importante que entre por la puerta todos los días. Confirma el trabajo bien hecho. Dar cariño y atender bien al cliente es la clave. «Ha pasado tanto tiempo que ahora hasta compartimos muchas historias, por ejemplo jugamos al mus. Ya lo considero un amigo más», dice su satisfecho cliente.

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