Oro puro para el futuro de Baralla

Los geriátricos son en muchos concellos rurales el gran generador de empleo y fijador de población

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Oro puro para el futuro de Baralla Los geriátricos son en muchos concellos rurales el gran generador de empleo y fijador de población. Baralla es otro ejemplo. En su residencia están ingresados 96 vecinos, que son atendidos por 38 trabajadores de la zona.

baralla / la voz

Según el último padrón, el municipio de Baralla cuenta con 2.724 vecinos de los que alrededor del 40% están jubilados; un perfil muy poco original en la Galicia de interior. Situada al pie de la A6, camino de la montaña, Baralla es un lugar con una muy baja capacidad de empleo; un ayuntamiento del que, como en tantas otras áreas del interior de Galicia, la emigración casi siempre es la opción principal a la hora de ingresar en el mercado laboral. «Eu son de casa, non de piso; son de campo, non de acera», aclara Mari Carmen, una guapa enfermera de 27 años que nunca se fue de Baralla. «Cando estudaba pensaba que tería que marchar».

Lo mejor que podía soñar era quedarse en el hospital de Lugo, a media hora de casa por la autovía. Y lo intentó en esas listas tan raras que tiene el Sergas donde te contratan por un día y te comprometes a estar siempre disponible: «E así non podes organizar a túa vida», dice. Y un buen día, la fundación San Rosendo abrió en el pueblo una de las residencias que ha ido diseminando por todo el país. Mari Carmen se ofreció y fue contratada. «As miñas ambicións profesionais están colmadas», aseguraba ayer.

Su empleador está igual de satisfecho: «No resulta fácil encontrar profesionales de la zona», apunta la directora del centro, María Teresa Fernández, que subraya el especial interés que tiene para ellos que enfermeras, médicos, auxiliares y residentes tengan una raigambre común: «Nos permite acercarnos a nuestro objetivo, que es el de convertirnos en una gran familia». Mari Carmen ya tiene pareja, una de las razones por las que no se quería ir de Baralla. Ahora hay un proyecto para crear un hogar asentado alrededor de su empleo.

En la residencia de Baralla, el caso de Mari Carmen es muy común. Los 38 trabajadores son del propio ayuntamiento o de los limítrofes, hasta el punto de que la entidad se ha convertido prácticamente en la primera empresa del concello a nivel de empleo. Tampoco es único el caso de Baralla. En muchos municipios de un perfil económico y social similar, la apertura de una residencia geriátrica se ha convertido en el principal generador de empleo fijando en el rural a cientos de familias destinadas a buscar salida en las ciudades.

Emigración inversa

Toray es una de las auxiliares que atiende a alguno de los 96 usuarios que ayer tenía la residencia y tiene una curiosa historia de emigración inversa. Explica que su nombre es canario, como ella. Que conoció allí a su marido, un chico de Baralla que se fue a buscar la vida a las islas. Él trabajaba en los incendios y ella era peón forestal. Cuando la crisis empezó a soplar y llegaron los recortes, se quedaron sin empleo y decidieron probar en Baralla, donde él podía enrolarse en una empresa familiar. «Yo vine a ciegas -cuenta-. Llegamos en noviembre y en abril ya estaba trabajando aquí. Nunca pensé que acabaría trabajando en un sitio así, pero estoy encantada». La consecuencia es un chaval de 15 meses que se llama Iago y que forma parte del selecto club de los seis bebés que nacieron en el municipio en el 2014: «Sí, creo que mi hijo se criará aquí, en Baralla».

«El 85 % de nuestras residencias son así», señala una portavoz de la Fundación San Rosendo, titular de la de Baralla y con 70 centros distribuidos por toda Galicia, principalmente en el medio rural. «El problema es que en estas zonas es donde están las pensiones más bajas y sin embargo es también donde se conceden menos plazas concertadas. Hay que usar criterios más solidarios en la concertación», reclama. Sin embargo, la residencia de Baralla está llena. La residencia y los pisos tutelados, donde viven 34 usuarios a pensión completa, pero en su propio apartamento.

«Es un trabajo fascinante», afirma Milagros, la cocinera, mientras revuelve una buena cazuela de zorza con la que preparará unas hamburguesas. «Las normales no les gustan, pero si son de zorza, sí. No tiene sal, ¿eh?», aclara la directora. Milagros sonríe y acaba contándonos que al fin tiene un proyecto de independencia, después de algunos años trabajando fuera del pueblo. Se quiere ir a una casa de aldea cerca a la de sus padres ahora que tiene un buen empleo. «Mis amigas del colegio se fueron todas y yo, la verdad, no creía que pudiera tener un trabajo aquí. Pero ya ve. En Baralla solo echo de menos el teatro, pero me voy un par de días a Madrid y tengo suficiente».

Afuera, Mercedes, taxista, entrega un encargo a una de las usuarias de los apartamentos: «Ahora es un modo de subsistir», explica refiriéndose a la residencia: «Piense que aquí ya hay muy poca gente en los pueblos». Y podía ser peor. Al menos Mari Carmen, Toray, Mercedes y unas cuantas familias más, no se van a ir. Para el futuro de Baralla, eso es oro puro.

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