El señor Dablanca era un hombre alto, quizá un tanto delgado, sonriente y con el pelo totalmente blanco. Era el típico personaje que sin ser amigo o familiar, sino más bien un tipo oscuro y de recuerdo amortizable, su rostro se te queda en la retina y no hay manera de olvidarle. El señor Dablanca era el probo cobrador que mensualmente se pasaba por mi casa y al abrirle sonreía, hola, guapiño, está mamá y yo gritaba «¡Mamá, el señor Dablanca!». El señor Dablanca era el tétrico mensajero de la muerte, pues venía a traernos el minúsculo recibo del seguro de decesos de la Compañía El Remedio. «Hola, guapiño», me dijo un día que lo encontramos por la calle y se paró a hablar con mi madre. Me pellizcó la punta de la nariz y, quizá un tanto fogoso, se llevó la mano a su bolsillo mientras yo me las frotaba, pues aquello olía a propina. La sacó de nuevo con tres monedas de cinco duros, un dineral por aquel tiempo, y cuando ya las manos mías echaban humo, se quedó mirando las tres monedas y circunspecto dijo: «Esto es mucho». Volvió el dinero a su bolsillo y mi careto de niño pánfilo recuperó matices cuando por fin cerré la boca. Recuerdo hasta el lugar donde ocurrió: Fonte dos Ranchos, justo al lado del Bar Gil, que ya no existe. Fue tal mi frustración, que cuando pasó por casa se me volvió a abrir la boca y no llamé a mamá esperando que llevara suelto y amnistiarle, pero llegó mamá, le pagó y el miserable se marchó sin lavar la afrenta; así que a partir de aquel momento le juré odio eterno y jamás al señor Dablanca le volví en persona a abrir la puerta. Hoy es Ocaso el mensajero, y sin decirme hola, guapiño, me lo pasan por la cuenta.