El BNG y el lodazal moral de la Diputación de Lugo

José Ángel Santos
José Ángel Santos ALCALDE DE FRIOL Y DIPUTADO PROVINCIAL DEL GRUPO POPULAR

LUGO

Sede de la Diputación de Lugo, en San Marcos
Sede de la Diputación de Lugo, en San Marcos Óscar Cela

La política puede ser muchas cosas, pero nunca debería convertirse en un ejercicio de desvergüenza. Sin embargo, eso es exactamente lo que el BNG de Lugo, con el beneplácito de su lideresa, la señora Pontón, ha decidido practicar al sostener un gobierno provincial que no solo está agotado política y moralmente, sino que además nace contaminado desde su origen.

El apoyo del BNG a este nuevo gobierno de la Diputación no responde ni a la estabilidad institucional, ni al interés general, ni mucho menos a los valores que dicen defender. Responde únicamente a una lógica de poder desnudo: mantenerse en el tablero a cualquier precio, aunque para ello haya que tragarse discursos, principios y líneas rojas que en otros lugares proclaman como sagradas.

La operación es tan burda como evidente. Se cambia la presidencia visible, se coloca una nueva solista en el escenario, pero se mantiene al mismo director de orquesta moviendo los hilos desde la sombra. El expresidente José Tomé sigue marcando el ritmo, el guion y las decisiones, mientras el BNG aplaude desde su butaca, encantado de formar parte del reparto.

Y es aquí donde la postura del BNG alcanza cotas de auténtica miseria política. Un partido que se presenta como referente moral, como adalid del feminismo, de la ética pública y de la regeneración democrática, no solo guarda silencio ante una situación que exigiría una reacción ejemplar, sino que decide apuntalarla con su voto. No por responsabilidad, sino por conveniencia. No por coherencia, sino por puro cálculo político.

 No se trata de juzgar a nadie; se trata de algo mucho más elemental: de dignidad institucional. Cuando una administración está rodeada de sombras, cuando su credibilidad se resiente y cuando la confianza ciudadana se erosiona, la obligación de cualquier fuerza política que se diga responsable es marcar distancias, exigir explicaciones y anteponer la limpieza democrática a los pactos de despacho. El BNG ha hecho exactamente lo contrario.

Su comportamiento no es neutral: es cómplice. No es pragmático: es cobarde. Y no es progresista: es profundamente conservador, en el peor sentido del término, el de conservar el poder, aunque huela a rancio.

Lo más insultante de todo es la hipocresía. El mismo BNG que en otros foros levanta el dedo acusador, que exige dimisiones inmediatas y predica tolerancia cero, en Lugo se convierte en el sostén imprescindible de un gobierno tutelado, opaco y dirigido desde la sombra. Una doble vara de medir que no se explica por la ideología, sino por la ambición.

La Diputación de Lugo no necesita este teatro. No necesita una escenografía de falsa renovación ni una orquesta tocando al dictado del mismo director de siempre. Necesita un gobierno creíble, transparente y centrado en los problemas reales de la provincia, especialmente del rural y de los concellos que llevan años esperando algo más que propaganda.

Los vecinos de la provincia de Lugo no van a permitir normalizar este lodazal moral. No van a callar ante una farsa política sostenida por quienes han decidido traicionar a sus propios votantes. Estoy convencido de que muchos de esos votantes no aceptarán lecciones de ética de un BNG que, llegado el momento decisivo, ha optado por el silencio, la sumisión y el reparto de poder.

La historia política de Lugo recordará este episodio. Y cuando se analice con la perspectiva del tiempo, quedará claro quién defendió la dignidad institucional y quién prefirió mancharse hasta el cuello para no perder su silla.