Gallegos que presumieron de origen y de acento en el Nuevo Mundo

Francisco Narla ESCRITOR Y PILOTO

LUGO

21 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Con morriña, con ojos llorosos, pegados al recuerdo de verdes montes, ollas de cobre y pulpo servido en feriados, los gallegos han sembrado todos los continentes. Y no es algo nuevo, más bien de raigambre. Lo llevamos en la sangre, desde aquellos tiempos prehistóricos de castros y celtas o de celtas y castros, que los historiados andan a la gresca y ya no sabe uno cómo llamar a las cosas, si por el nombre o por el apellido.

Aquellos primeros gallegos ya viajaron con ansia por toda la cornisa atlántica, desde lo que hoy llamamos Cádiz a lo que viene a conocerse como Escocia, con sardinas saladas, con estaño o con el oro que luego se quedarían los romanos. Hoy no cabe duda de que, ya en aquellos tiempos, los gallegos eran marineros, viajeros y, sin duda, corajudos; tanto como para enfrentarse al océano en barcos de mimbre y cuero. Y la tradición continuó cuando llegaron los tiempos de aquella que ha dado en llamarse conquista y luego se ha reformulado como descubrimiento de América. Por un tiempo pareció que todos en aquellos enredos eran andaluces o extremeños; como si de la bonita villa de Trujillo hubieran salido buena parte de los aventureros que cambiaron el mundo para siempre. En parte, quizá porque hubo momentos en los que la corona de Castilla (aunque esto hay quien lo discute) negó a los norteños los permisos para embarcar. O en parte, quizá por mera casualidad (al cabo no había muchos con ganas de enfrentarse a las Indias).

Aun así, pese a la prohibición, gallegos, asturianos y cántabros (como el propio Juan de la Cosa, el cosmógrafo que acompañó a Colón en su primer viaje) se las apañaron, igual que los aragoneses, para colarse en estas empresas. Lo cierto es que, con patente o sin ella, que era como le decían entonces a los papeles, hubo en aquellas idas y vueltas más de un gallego, y más de dos, aunque alguno perdiera el nombre de origen a su paso por Sevilla y los anales no le reconozcan el mérito; no se debe olvidar que la todopoderosa Casa de Contratación centralizaba todo aquel papeleo y muchos tenían que esperar a orillas del Guadalquivir una buena temporada antes de marchar al otro lado de la mar océana. Por eso hay por ahí, en las crónicas, un Juan de Triana que, en realidad había nacido en Camariñas, y un Rodrigo de Dos Hermanas que había dejado mujer y dos niños en Lugo.