Mi almohada

Emilio R. Pérez DESDE EL ALTO

LUGO

11 may 2022 . Actualizado a las 19:24 h.

Mi almohada por las noches habla. Me interroga, me sonsaca, y los secretos más recónditos del alma que le cuento se los chiva a la ventana. Pilla cerca, a un par de metros. Por eso usted está al corriente de esas cosas que el común de los mortales calla. Claro, tengo un alma permeable y pasa lo que pasa. Qué indiscreta es esta almohada. Cualquier día la jubilo y compro otra más formal y recatada. Aunque daría igual, no hay manera de ocultarle nada: esta alma mía es tan llorona que la empapa y se entera de mis penas a través de la humedad.

El tridente almohada-alma-ventana tiene un amplio potencial en mi persona. Hasta ahora solo hablaba de dos de ellas, pero ahora entra en discordia la tercera. Mírala, la muy mosquita muerta se ha subido sin pudor hasta mi chepa. Cualquier noche de estas, camiseta, sábanas y calzoncillos quieren parte del negocio, me rodean, extorsionan y me obligan a contarles mis secretos. No hay respeto. La culpa es mía. Lleva unas noches con un tono prepotente, en plan chulapa madrileña, y en cuanto nota que el nivel de decibelios de mi tono sube, baja el suyo y me hace la pelota. Esta noche, por ejemplo, cuando vio que estaba próximo al cabreo, cambió radicalmente el tercio y me soltó así de repente:

—Eres un genio

—Los genios también mueren.

—Un genio necesita irse al otro mundo para que el mundo se dé cuenta de que ha tenido la desgracia de perder un genio.