Picores


LUGO / LA VOZ

Para poder rascarme donde no llego, me gustaría tener brazos más largos o más elástico mi cuerpo; pero como no los tengo, para estos menesteres suelo recurrir a un artilugio de aluminio que se pliega y que se alarga a cuyo extremo va una mano. Pero nada, no es muy práctico ese chisme; aun así sigue el problema: tengo huesos angulosos y no incide exactamente en esa zona de mi espalda que incomoda. Con lo que a falta de organismo de mandril o lagartija, recurro a míster Córner al que Dios tendrá en su gloria por el mero hecho de inventar la esquina. A pesar de todo no me quejo, pues la espalda, con reparos, aún se aguanta; pero como todo el mundo sabe, otros puntos hay del cuerpo más sensibles que requieren la asistencia de las manos, y el hecho de llegarles con soltura reconforta. Ahora bien, incluso así hay quien no llega, y eso sí que es un problema. Así que, mientras juro en arameo y me enrosco cual ovillo o hallo alivio contra el marco de una puerta, pienso en cómo deben ingeniárselas los pobres y eso me consuela. El origen de mi incómodo prurito está en esa sustancia que contiene el agua en la que nado con frecuencia. Baño el cuerpo cada día en la piscina de ahí de FRIGSA, y el cloro, como es sabido, reseca e irrita la epidermis; y como vivo solo y a ese ángulo no llego, la zona entre los dos omóplatos se queda sin la crema. Así que si alguien está al tanto de algún tipo de postura, artimaña o artefacto milagroso que me calme estos picores, cualquier noticia a este respecto es bienvenida y desde mi ventana aquí en el alto la agradezco. También se admiten voluntarias solidarias para dar la crema. Gracias.

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