Os Ancares / La Voz

Una barrera natural que marca el límite de Galicia con Asturias y Castilla y León custodia un territorio desconocido, pero de un valor incalculable. La Reserva Nacional de Caza de Os Ancares ocupa 7.800 hectáreas de la provincia de Lugo. Los que allí vivieron y los que aún quedan lograron conservar y cuidar de un legado que ahora está en manos de la Consellería de Medio Ambiente, Territorio y Vivenda que depende de la Xunta de Galicia.

Este espacio natural —el mayor de toda Galicia— es tierra de lobos, rebecos, cabras montesas, comadrejas, osos y una gran variedad de fauna. Pero la reserva también sobresale por el alto valor de su flora: robles, castaños, acebos o pinos dan forma a un paisaje de montaña que ha ganado la partida al paso de los años. También predominan los brezales, que cubren buena parte de las laderas de estas montañas cuya altitud roza en muchos casos los 2.000 metros sobre el nivel del mar.

Aunque la riqueza faunística es irrebatible, algunas poblaciones se han visto mermadas por algunos parásitos, motivo por el cual la caza ha estado vedada. Así lo explica el jefe del Servicio de Patrimonio Natural de la Consellería de Medio Ambiente, Territorio y Vivenda en Lugo, Víctor García, que también llevó en tiempos la dirección de la reserva.

Los rebecos

«Este es uno de los pocos lugares de Galicia en los que quedan grandes grupos de rebecos y aunque los animales son compartidos con León, el grueso de la población está aquí. También hay corzos, aunque la población disminuyó por un problema de parásitos en las vías respiratorias y también por la predación del lobo. La perdiz roja sigue siendo abundante, aunque en Galicia va a menos por la reforestación que hay del terreno. También hay perdiz pardilla, presente en poquísimos sitios porque es muy escasa», cuenta Víctor García.

En la subida hacia el pico Mustallar, que está a 1935 metros, este apasionado de la naturaleza habla también de la liebre de piornal, una especie de la Cordillera Cantábrica que no está presente en ningún otro lugar de Galicia. Aquí, en el corazón de Os Ancares, se deja ver también en las cercanías de Piornedo.

Si algo tiene claro Víctor García es que la mayor diversidad biológica de Galicia está aquí, en Os Ancares. Esta es una de las zonas con más densidad de lobo, «el jabalí es su principal presa y supone el 70 % de su alimentación. El cánido también come rebecos y corzos», añade. El experto explica que hay al menos dos manadas que campan por la reserva y que incluso franquean el límite con Castilla y León. Otra se desplaza por la zona oeste; y en el sur y el este, hay otras tres. En cuanto a los daños a los ganaderos ancareses, la Xunta mantiene que no son abundantes en esta zona.

Flora

El jefe de Patrimonio Natural destaca el alto valor paisajístico de las fragas, pero también los bosques de roble albar, «aunque aquí se dan tres tipos de carballos, además de abedules. También hay montes mixtos de frondosas y masas de acebo», perfila. Él, que precisa de memoria el nombre científico de cada árbol, cuenta los matices que distinguen la vegetación de las zonas más sombrías con respecto a las que más sol reciben: «las solanas son más de rebollo, aunque en determinadas zonas predomina el abedul. En las partes altas dominan los brezales o los arándanos, cuyos frutos son importantes para la alimentación de la fauna. En las bajas hay xestas y carqueixas».

Otra de las joyas de la corona de esta reserva nacional es el Avesedo de Donís, una de las mejores fragas de Galicia en la que se pueden encontrar también hayas, robles o abedules, «aunque vaya asociada a terrenos más calizos y aquí los suelos sean más bien ácidos, por la cuarcita, pizarra y el granito», dice Víctor García.

Amanecer y anochecer

La primera hora de la mañana, justo cuando el sol lucha por salir y la última hora de la tarde, al anochecer, son los mejores momentos para ver a los animales campar por las laderas. Las cumbres son hábitat de rebeco y también de cabras montesas. A casi 2.000 metros de altitud el aire bate con fuerza, pero permite vislumbrar una escena con mucha potencia: la niebla cubre los picos, la nieve resiste en las zonas más altas, los rebecos descansan en zonas escarpadas y el mundo parece, de repente, un lugar insólito. La panorámica es un espectáculo para los sentidos, una muestra de lo generosa que es la naturaleza. Allí, los rebecos se mueven por las colinas y se esconden con picardía en zonas en las que la montaña confiere guaridas naturales. Montañas escarpadas en zonas altas y onduladas en las laderas confluyen para dejar rincones que se cubren por la nieve en invierno. Precisamente los copos son cada vez más racionados en Os Ancares. El aumento de la temperatura facilitó un deshielo repentino que derivó en que las ramas de los árboles se quebrasen por el peso de la nieve, que pilló a los árboles aún cargados con sus hojas. «Las rápidas fusiones originan muchos arrastres», confirma Víctor García, que también explica los daños que esto produjo.

Caza selectiva en un territorio castigado por los incendios

En la Reserva Nacional de Caza de Os Ancares también hay zorros, jinetas y martas. Aquí anidan hasta los buitres que están de paso. Se estima que hay entre 150 y 200 corzos, aunque lo que más predominan son los rebecos. En cuanto a la perdiz roja, podrían existir entre 30 y 35 bandos. Aunque toda esta riqueza parezca escondida, numerosos excursionistas ascienden hacia las cumbres a diario.

Dentro de la reserva, que adquirió su denominación como tal en el año 1966, también hay pequeños microhábitats. «La altitud y la solana o sombría influyen en los vegetales que crecen y por lo tanto, en los animales que de estos se alimentan», cuenta Víctor García. Además, la Xunta posee la titularidad de 1.300 hectáreas de este territorio que adquirió a la empresa Montes de Cervantes S. L.

Ocho personas se encargan de vigilar las casi 8.000 hectáreas de territorio y se ocupan también de parte de la gestión de la reserva, ya que acompañan a los cazadores cuando hay algún permiso de caza. También trabajan en censos y estudio de población de animales. Colaboran en la toma de datos de jabalíes, en estudios de alimentación o en la recogida de excrementos para conocer la alimentación de la fauna. Ellos son los encargados del trabajo de campo. En resumen, vigilan el territorio y son parte fundamental en la gestión cinegética de la reserva. Además, hay un capataz, Eulogio Núñez Rodríguez, que se encarga de coordinar a vigilantes y brigada. Tres peones hacen trabajos de interés general dentro de la reserva, desde limpieza de sendas a retirada de arboles caídos.

La gestión cinegética

La caza aquí es selectiva y el cazador va siempre acompañado de un vigilante que es el que le dice qué pieza puede abatir. Se caza según el plan cinegético vigente y hay un control muy exhaustivo, «tiene que ser así. Hay control de la caza y de las poblaciones», cuenta Víctor García, que también explica que acuden aficionados de toda España por el atractivo de la zona. El número de permisos se ha reducido drásticamente en los últimos años por las circunstancias de cada especie, pero también por los incendios del año 2017. Aunque las montañas ya tienen una capa verde, Víctor admite que fueron desoladores y los trabajadores de la Xunta que allí estaban los describen aún con agonía. «Afectaron a una tercera parte de la reserva. Afectaron mayoritariamente a zonas de matorral, pero las de castaño, por ejemplo, también se llevaron un buen golpe», dice. Aún así, admite que al territorio le llevará años recuperarse, aunque está ahora en proceso de regeneración. «Este es el primer año normal en el que se permite cazar en la totalidad de la reserva ya que por los incendios, la caza estuvo vedada un año entero». Afectaron predominantemente al territorio de la perdiz roja, zonas de matorral y solana. En cuanto a los furtivos, dicen en la Xunta que no se producen problemas de gravedad, aunque en marzo retiraron 17 lazos del monte.

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En tierra de lobos, rebecos y perdices