En el centenario de un docente por antonomasia: Valentín Portabales Blanco

Este martes 30 de marzo se cumplen 100 años de su fallecimiento

Claustro del Instituto en 1887. Portabales es el tercero sentado por la derecha.
Claustro del Instituto en 1887. Portabales es el tercero sentado por la derecha.

Según su expediente académico Valentín Portabales Blanco nace el 17 de febrero de 1829 en Santa María de Amarante, ayuntamiento de Maside y lo hace dentro de una familia de acomodada posición que le permitiría dedicarse desde su juventud al estudio, en unos tiempos en que tal posibilidad no estaba precisamente al alcance de todos. A los doce años ingresaría en el Seminario de Ourense y se matricularía luego en Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid, alcanzando el título de bachiller en 1849 y ampliando estudios de Filosofía y Jurisprudencia hasta obtener en 1855 el de preceptor en Lengua Griega. Sería nombrado ese mismo año profesor de Lengua Griega y Hebrea del Seminario de Ourense y tres años después docente del Instituto provincial de la misma ciudad. En 1863 obtendría la cátedra de Latín y Griego del Instituto de Lleida del que se trasladaría al de Lugo en enero de 1864, para asentarse en este centro y en la ciudad durante el resto de su larguísima vida docente.

El Instituto lucense, que había retornado a la capital dos años antes, estaba por entonces instalado en dependencias del Ayuntamiento donde permanecería hasta 1873, y en esas precarias instalaciones Valentín Portabales coincidiría con otros docentes entre los que destacaba Gumersindo Laverde Ruiz quien, tras ser cubrir un breve período como director del centro, marcharía a la Universidad de Valladolid precisamente aquel mismo año. En esos momentos el claustro lucense era mayoritariamente de tono conservador, con profesores adscritos a un ideario neocatólico con el que don Valentín se acomodó perfectamente, desde luego no fue el caso de Nicolás Salmerón, el krausista desterrado a Lugo en 1875 que se quejaba de no tener con quien hablar en la ciudad porque la mayoría de los profesores de su principal centro educativo eran momias o carlistas.

Pero, aunque el krausista no era el ideario de Portabales, sí que era un docente joven y entusiasta cuya actividad le llevaría a ser nombrado muy pronto secretario del Instituto. Desde ese puesto sería el encargado de responder a una petición de nivel nacional para proponer reformas en la enseñanza pública, demanda a la que respondería indicando que el nivel secundario debería dividirse en tres secciones, la de Lengua ?en la que sería fundamental su disciplina de Latín y Griego?, la de Filosofía y la de Ciencias. Otra de las reivindicaciones de su propuesta era la de mejorar los salarios del profesorado hasta alcanzar los 12 o 14.000 reales anuales, así como que se regulasen sus derechos pasivos, algo singular en un joven profesor de treinta y cinco años que seguiría enseñando hasta casi los noventa. Sin necesidad de entrar en otros aspectos de su exposición, sus propuestas demostraban hasta qué punto llegaba su compromiso con la docencia y el profundo interés que sentía por su profesión.

Tanto Laverde como Portabales se integrarían muy pronto en la limitada vida cultural lucense del último tercio del siglo, colaborando el primero con el dinámico impresor Manuel Soto Freire en cuyo taller publicaría en 1868 sus Ensayos críticos sobre Filosofía, Literatura e Instrucción pública. Por su parte, don Valentín se convertiría en vicepresidente y promotor del Liceo Artístico y Literario de la Juventud Lucense, una sociedad cultural y recreativa que trataba de competir con el Círculo de las Artes y el Casino sin mucha fortuna.

Sin embargo, es evidente que la actividad fundamental de Portabales era la docencia y su identificación con el Instituto provincial sería plena desde el primer momento, colaborando en su traslado e instalación durante los primeros años setenta al ala norte del palacio provincial, en aquellos momentos en los que España vivía los agitados tiempos de la I República. La dirección del centro durante los años setenta cambió de mano y de signo varias veces en función de los avatares políticos, pero la situación del Instituto, como la del país, se serenaría a partir de 1878 cuando don Valentín asumía el cargo de director que desempeñaría, casi ininterrumpidamente, durante cuarenta años.

Desde el punto de vista profesional, la marcha de Laverde a Valladolid permitió a Portabales cambiar la disciplina que enseñaba, pasando en el Instituto a desempeñar la cátedra de Retórica y Poética, una materia que a partir del Real Decreto de 17 de agosto de 1901 sería equivalente a la de Lengua y Literatura castellana. Como docente de esta disciplina don Valentín se convertiría en una auténtica institución, como recordarían varios de sus alumnos con aficiones literarias cuando le dedicaron sus obras, como fue el caso de Prudencio Iglesias Hermida o de Antonio Correa Fernández por poner dos significativos ejemplos.

Las tareas académicas no impidieron a nuestro profesor participar en otras actividades complementarias. Todavía como secretario del Instituto colaboraría con la comisión encargada de organizar la Exposición Regional que se celebró en Lugo en 1877 en dependencias vecinas al Instituto, y en la que participó incluso como expositor presentando dos botellas de vino tostado. Ya como director, en 1883, con motivo de la visita de Alfonso XII a la ciudad de Lugo para inaugurar el remate del ferrocarril del NO, Portabales, en su condición de primera autoridad académica de la provincia, sería uno de sus anfitriones.

Cuatro años después, para el curso 1887-88, el Instituto se desprendía de la tutela económica de la Diputación provincial, aunque seguiría siendo su vecino, pasando a depender de los presupuestos públicos. Ese mismo curso el fotógrafo francés Jean David fotografiaba a los profesores y alumnos del centro, como haría con otros institutos españoles y para él posarían los graves docentes de entonces encabezados por su carismático director.

 Dentro del claustro del Instituto el colaborador más directo de Valentín Portabales sería el catedrático de Matemáticas Ramón Iglesias Camino, a quien nombraría secretario del centro precisamente para el curso 1887-1888 y a quien mantendría en el puesto hasta que se produjo la obligada jubilación de ambos en 1918.

Un convencido católico como era don Valentín, tanto por formación como por vocación, no dudaría en colaborar en la organización del Congreso Eucarístico que se celebraba en Lugo en 1896, entre otras cosas, organizando en “su” Instituto un museo de antigüedades y reproducciones artísticas que se inauguró el 20 de agosto de ese año. Era esta una iniciativa que podría interpretarse como precedente del Museo provincial que se instalaría en locales vecinos en el año 1934.

La creación del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1900 traería algunas consecuencias para la vida profesional de Valentín Portabales. La primera la provocó una nueva disposición que obligaba a jubilarse a los profesores mayores de 70 años como era su caso, por lo que durante algunos meses perdería su cátedra y su puesto de director. Sin embargo, una ley posterior permitía la continuidad en el ejercicio docente de todos aquellos docentes que demostrasen suficientes condiciones físicas e intelectuales para ejercer la enseñanza y, cómo don Valentín podía demostrarlas, recuperó de inmediato su cátedra y su cargo como director de un centro que ahora pasaba a denominarse Instituto General y Técnico. Aquí se iniciaba la segunda etapa profesional de un enseñante que se había convertido ya en toda una institución de la ciudad de Lugo.

En el nuevo siglo don Valentín siguió dando muestras de una gran vitalidad, como la que reveló durante la conmemoración del III Centenario del Quijote en 1905 que se celebró en la ciudad y en el Instituto con cierta espectacularidad académica y cultural, tal vez con la intención de ayudar a superar la crisis de identidad nacional que había provocado el desastre colonial de 1898.

Por entonces, una de las principales preocupaciones de Portabales era la de conseguir mejores instalaciones para un Instituto provincial que era huésped cada vez más incómodo de la Diputación. Para los docentes las dependencias eran inapropiadas para afrontar el modelo de enseñanza más pragmático que ahora se exigía y que además comenzaba a abrirse a los dos sexos. Por eso, cuando redactaba la memoria para el curso 1907-08, don Valentín criticaba la mala orientación de los locales y la imposibilidad de ampliarlos, preguntándose por qué Lugo no podía disponer de un edificio propio para Instituto como estaban consiguiendo otras ciudades españolas de similares características como Guadalajara, León, Pontevedra o Zamora. La petición se repetiría en las memorias de los años siguientes y seguramente estas reclamaciones animaron, una década después, a intentar que fuese adelante un proyecto de construcción de un magnífico edificio educativo que, desgraciadamente, no pasó del papel.

Mientras, el señor Portabales siguió cumpliendo con pulcritud sus obligaciones como docente y director: recibía con satisfacción a las primeras alumnas del Instituto, limaba, con la habilidad que le daba su experiencia y con la consideración que inspiraba entre alumnos y profesores, las controversias que surgían entre la enseñanza pública y privada que en otros centros ocasionaron auténticos motines, mantenía el ritmo de las clases y exámenes y se preocupaba de remitir cada tres años el parte al Ministerio que garantizaba su aptitud física e intelectual para mantenerse en activo cuando ya era octogenario. No hay duda que estaba en sintonía con los tiempos, porque en la memoria de 1915-16 redactada en plena I Guerra Mundial, se congratulaba de la creciente presencia femenina en las aulas, ironizaba sobre su avanzadísima edad y se lamentaba, con cierto retraso, del asesinato de José Canalejas ocurrido tres años antes.

La salud de don Valentín empezó a declinar a partir de entonces, De hecho, la lectura de la memoria del curso siguiente hubo de hacerla el secretario Iglesias Camino y, de un modo que tenía cierto tono de despedida, el diario compostelano Gaceta de Galicia de 28 de septiembre de 1916 le dedicaba desde su portada un merecido homenaje que firmaba Antonio Fernández Tafall y que incluía una fotografía, una biografía y una referencia a los Premios Portabales que él había creado para recompensar a los alumnos de escasos medios económicos y de brillantes expedientes académicos.

Fue Valentín Portabales un hombre muy religioso y generoso. Lo primero, lo dejó oportunamente registrado con su participación en la octava peregrinación a Tierra Santa que se celebró en 1914 y en la que se atrevió, con 85 años, a todo un periplo por el próximo Oriente y por el Mediterráneo, incluyendo una visita al Papa Pio X. Lo segundo, su desprendimiento y filantropía, se hizo patente con la mencionada fundación de los Premios Portables y con los continuados donativos que aportó durante su vida, de los que puede ser ejemplo el que recordaría el profesor Epifanio Ramos en sus referencias biográficas cuando aludía a las 4.000 pts. que donó en enero de 1920 para la construcción del nuevo hospital, cantidad que puede valorarse comparándola con las 3.000 que aportaba el obispo de Lugo, o las 2.794 que aportaba el Círculo de las Artes o las 1.000 pts. que entregaba el Casino de Caballeros. Naturalmente, desde esa generosidad no olvidó a “su” Instituto, al que donó una biblioteca personal que incluía interesantes volúmenes dieciochescos y, además, el bastón de director honorario con el que se le había obsequiado en el momento de su jubilación y que hoy preside el despacho de dirección del Instituto Lucus Augusti.

La memoria del curso 1917-18 aludía precisamente a esa jubilación que se produjo con fecha de 31 de junio de 1918, un retiro obligado por las recomendaciones de la Ley de funcionarios civiles de ese mismo año que declaraba prescriptivo el retiro laboral de los docentes de más de 70 años. Con este motivo se le dedicaba un laudatorio recuerdo por parte del nuevo secretario Luciano Fernández y Fernández, que lo despedía al mismo tiempo que a su colega y amigo Ramón Iglesias Camino. El Instituto de Lugo abría ahora una nueva época bajo la dirección del catedrático de Física Salvador Velayos y González.

Pese a los cada vez más abundantes problemas médicos, don Valentín vivió todavía casi tres años más, acompañado de su sobrino el canónigo Inocencio Portabales Nogueira y bajo los cuidados de su asistenta Esperanza. Había quedado viudo de su esposa Cándida en 1906 y carecía de hijos vivos. Moriría a las 11 de la mañana del día 30 de marzo de 1921 cuando había cumplido los 92 años, una edad muy avanzada para la época.

La despedida del profesor y director sería multitudinaria porque era sin duda unos de los lucenses más populares, queridos y respetados de la ciudad, por eso su entierro, sería oficiado por el obispo de Lugo, y antiguo alumno suyo, Fr. Plácido Rey Lemos, al que acompañaron autoridades, claustro del Instituto y Cabildo Catedralicio, así como representantes de todas las sociedades lucenses. Tampoco la prensa local se olvidó de despedirlo, como harían El Regional, El Norte de Galicia y La Voz de la Verdad en sus números de 31 de marzo de 1921, en los que incluían notas necrológicas, esquelas e incluso alguna fotografía. Por su parte, El Progreso de 8 de mayo de 1921 recordaba la colocación de una placa de mármol en los claustros del Instituto que sus alumnos habían costeado para perpetuar su memoria.

Luciano Fernández Penedo, que como hijo de Luciano Fernández y Fernández conoció a Valentín Portabales en su niñez, lo califica en su Historia viva del Instituto de Lugo, como una figura legendaria, como el catedrático de mayor notoriedad popular en Lugo y como maestro de cuatro generaciones de estudiantes. Desde luego había batido todos los records de longevidad docente y administrativa, alcanzando el número uno de la escala de catedráticos por antigüedad. Otras laudatorias alusiones le dedicaron sus discípulos los médicos y brillantes publicistas Antonio Correa Fernández o Jesús Rodríguez López, el primero en su Historia fin de siglo, el segundo en su composición A malla. Otro antiguo alumno Prudencio Iglesias Hermida, exitoso novelista, le dedicaría personalmente algunas de sus obras que todavía conserva la biblioteca histórica del Instituto Lucus Augusti. Un escritor lucense que no necesita presentación, Ánxel Fole, lo recuerda con afecto en su Cartafolio de Lugo. Antonio Couceiro Freijomil incluiría una semblanza suya en el Diccionario biográfico de escritores, a pesar de que Portabales había sido parco en aportaciones escritas. Con motivo del 150 aniversario del Instituto provincial, el ya aludido profesor Epifanio Ramos de Castro recogería una biografía del personaje resaltando que la vida de don Valentín había estado íntimamente unida a Lugo y a su Instituto.

Pero parece que todos estos encomiásticos comentarios no han sido suficientes para que se le recuerde como merece por parte de la ciudad con la que se sintió tan identificado aquel hombre grave y serio pero afable y bondadoso, de correcto trato y de un meticuloso vestir que completaba con un sombrero de copa que se hizo popular en Lugo porque lo descubría constantemente para saludar a sus conciudadanos. Por el momento, estos no han sabido o querido corresponder de algún modo al recuerdo de un docente que marcó una época en la ciudad y que fue capaz de dejar una afable memoria en todos aquellos que lo trataron. Pero aún se está a tiempo.

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