Un portero palentino triunfó en el fútbol lucense. Su nombre Vitaliano de la Cruz Arnaiz «Vita», futbolista aficionado a la literatura, autor de tres libro y también del himno del CD Lugo. Formó parte del club lucense durante dos temporadas y también estuvo tres en el Club Lemos. El guardameta palentino fue clave en el ascenso del equipo rojiblanco a Segunda División B en el año 1978. Aquella temporada comenzó como suplente de Dosi, que sin embargo no estuvo nada bien en la recta final. Ante esa tesitura, el entonces técnico del Lugo, Manolín, le dio la titularidad a Vita, y el palentino no defraudó.

Sus actuaciones contribuyeron a recortar la ventaja de cinco puntos que les sacaba el Gijón. Pero llegó el partido decisivo de la campaña. Se disputaba en Reinosa y el rival era el Naval. Los cántabros no se jugaban nada, solo la honra de ganar al líder, pero Vita respondió. Sus intervenciones fueron claves para la victoria. El gol de Toledo fue suficiente para ganar y ascender. «Hice la parada de mi vida, ya que en el descuento desvié a córner un balón que se colaba por la escuadra. Al final del partido, mis compañeros acudieron todos a abrazarme y felicitarme. Recuerdo que salí del campo cojeando», recuerda Vita.

Fue una semana de homenajes en Lugo. No era para menos. El equipo ganó la liga y ascendió. En las celebraciones se coreaba el nombre de ¡Vita, Vita, Vita!. «Estaba todo orgulloso y satisfecho de haber respondido al nivel de exigencia. Había aprovechado mi oportunidad, la única que tuve en toda mi carrera deportiva. No estuvo mal, creo yo. ¡Me lo merecía!», afirma.

Su gran decepción

A finales de mayo del 78, Vita era todo un ídolo y leyenda, pero a principios de agosto había caído en lo más hondo del abismo. «De ser el portero titular indiscutible, aclamado y vitoreado por toda la afición, pasé a ser el cuarto del equipo, abocado al más inexplicable ostracismo», señala.

A pesar de la adversidad, el sol volvió a brillar para Vita, que fichó por el Pontevedra de la mano de su amigo Viesca. Pero en Pasarón las cosas no fueron bien. Ahí fue cuando decidió marchar a Madrid, ciudad en la que se asentó y en la que vive actualmente con 68 años. Antes de colgar las botas -lo hizo con 28- jugó en el Pegaso. Después quiso ficharlo el Torrijo, pero no quiso.

Los mejores momentos los vivió Vita en el Lemos, club al que llegó con tan solo 20 años. «Fue en la campaña 73-74. Yo estaba en el Palencia y pensaba que iba a jugar, pero llegó Urquiaga, un portero veterano, que me cerró la puerta a la titularidad. Entonces, Solana, otro guardameta del club, me habló del Lemos, equipo en el que estaba Viesca, con el que él mantenía amistad. No me lo pensé. Me lie la manta a la cabeza y me vine con los ojos cerrados», comenta.

Tras muchas horas de tren -era la primera vez que utilizaba este medio de transporte-, le tocó hacer la prueba. Convenció y lo ficharon. La primera campaña en Monforte estuvo a la sombra de Rey Tapias, con el que a pesar de la rivalidad, mantuvo una gran amistad. «Jugué poco, pero estuve muy cómodo, porque había un gran vestuario. Era un privilegio contar con amigos como Miúdo, Lastras, Rey Tapias, Nando, Vicente, Arturo y Cucala y pasear por el Cardenal», recuerda.

La segunda temporada fue mejor. «Algún día me tocará, decía yo. Aunque no fue fácil, porque tuve que hacer la mili en el Ferral, en León. Tras jurar bandera me destinaron a Valladolid, y allí pude entrenar en Zorrilla con el equipo y venía los fines de semana a jugar con el Lemos», asegura.

No fue exitosa la temporada para un Lemos que dirigieron Pintos y Tucho de la Torre, que se mantuvo en Tercera. Llegó su última campaña en Monforte. Fue la mejor, porque salió de titular en casi todos los partidos. Él lo hizo bien, pero el equipo no lo acompañó, y el Lemos descendió.

El CD Lugo ya le había echado el ojo. «Yo era un portero valiente, con muchos reflejos, y parecía de balonmano. Entonces, el portero no jugaba con el pie, sino que le entregaba el balón al defensa grandullón para que enviara el balón arriba», señala.

Recuerda los carajillos que tomaba en el descanso de los partidos. «Menos mal que no había controles antidóping», afirma con una sonrisa. No se olvida del partido de copa ante el Rayo Vallecano, con Di Stéfano en el banquillo madrileño. «En Monforte perdimos 0-1 y en el estadio de Vallehermoso perdimos por cinco», dice.

Le impresionó su visita a San Mamés, estadio que lo inspiró para escribir La catedral de los sueños, uno de sus libros En este escenario, el Lemos perdió esa temporada por 2-1. Los goles del Athletic los marcaron Sarabia y Argote, y el del Lemos Miúdo. «A pesar de la derrota, recuerdo que me dieron como futbolista más destacado del Lemos», afirma.

El paso por el Lemos fue inolvidable. «El Lemos me afianzó, me hizo madurar como persona y como futbolista, e hizo que me enfrentara al toro y a la vida», concluye.

Vita nació en Espinosa del Cerrato, en Palencia. Hijo de padres labradores, estudió en los Agustinos. Su confesor, el Padre Nicolás, que fue obispo de Palencia, lo introdujo en el fútbol. También jugó en los Maristas. Hizo el noviciado en Vid de Aranda, pero con 19 años vio que lo de convertirse en fraile no era lo suyo. Así se fue para Los Corrales de Buelna a vivir con su hermana.

Allí jugó en el Buelna. Después recibió una oferta del Torrelavega, pero la negativa de su presidente a traspasarlo, hizo que fichara por el Palencia. Y de ahí, al Lemos.

Espíritu literario

Vita compuso el himno del CD Lugo y escribió cuatro libros. Fueron La Catedral de los sueños, Cartas de amor a mi madre, Veinte poemas de esperanza y una canción de amor y En la soledad de las iglesias.

Su ídolo fue Iríbar, en el que se inspiró, y al que pudo conocer en Madrid.

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Vita, el ídolo del ascenso de 1978