Una persona con discapacidad: «Por el covid y la falta de ascensor, hace un año que no puedo salir a la calle»

El lucense Daniel Carbayosa pasa los días observando las calles de Lugo desde su ventana, ya que su estado de salud no le permite exponerse al virus

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«Por el covid y la falta de ascensor, hace un año que no salgo a la calle» Daniel Carbayosa pasa los días en casa observando Lugo desde su ventana debido a su delicada salud

Lugo / La Voz

La crisis de la pandemia del coronavirus ha revolucionado el mundo. La vida de la gente ha cambiado de forma radical, y los hábitos más cotidianos han tenido que hacer una pausa mientras el virus más agresivo de los últimos cien años asola el planeta. Sin embargo, hay quien ya llevaba un estilo de vida similar al que el covid-19 ha impuesto al conjunto de la población. Sin poder salir de casa, en un estado de salud delicado y con unos impedimentos que hacen de bajar a la calle todo un reto. Este es el caso de José Daniel Carbayosa.

«Tengo apnea del sueño, incapacidad física total, discapacidad visual del 66%, diabetes tipo 2 y alguna otra patología que no procede comentar». Así nos recibe Daniel en su piso de la Avenida de Madrid, en la zona sur de Lugo. Su vivienda, un cuarto piso, no dispone de ascensor. Esta circunstancia, según él mismo, le perjudica seriamente a la hora de bajar a la calle con comodidad. «Llevamos años pidiendo que instalen uno. Lo que pasa es que la mitad de los vecinos no quieren. Somos seis contra seis, y así nunca va a llegar a nada». Además del ascensor, la crisis del coronavirus, que supone una grave amenaza para su salud, hace incluso más dura la tarea de salir de casa. 

Daniel, de hecho, explica que lleva más de un año sin poder bajar a la calle. «Mis problemas de salud, algunos de nacimiento y otros adquiridos más tarde, hacen que no me pueda arriesgar a contagiarme. Tengo que dormir conectado a una máquina de oxígeno por la apnea, para respirar con normalidad por la noche. Así que el covid es un riesgo que no me puedo permitir tomar». La combinación de su discapacidad, el covid y la falta de ascensor, por lo tanto, le han obligado a refugiarse en su vivienda, a salvo de las amenazas externas. «Podéis sentiros afortunados, porque casi nadie ha entrado en mi casa últimamente. Solo mi mujer, los que me traen la compra y los del transporte del Sergas», comenta. La apnea del sueño, «mucho más común de lo que parece», dice, afecta a la respiración durante la noche. Puede, incluso, provocar caídas en coma en casos extremos. «Mucha gente la tiene, aunque no lo parezca, porque siguen trabajando con normalidad. A mí me es imposible por mis otras patologías», cuenta Daniel.

José Daniel Carbayosa enseña el aparato que le permite respirar mientras duerme, debido a su apnea del sueño
José Daniel Carbayosa enseña el aparato que le permite respirar mientras duerme, debido a su apnea del sueño

Sus relaciones familiares tampoco son fáciles. Sus padres, ambos fallecidos, descansan en el cementerio de San Froilán. En el pasado, iba a hasta allí a menudo, pero ahora se ha visto obligado a dejar de lado estas visitas. «Llevo ya casi tres años sin ir. Cuando vuelva por fin, me voy a llevar un buen tirón de orejas», bromea. Su mujer, que vive con él, trabaja cuidando a personas mayores, por lo que ve de cerca una situación similar a la de Daniel, conviviendo con un sector de la población que sufre especialmente los efectos del covid-19.

La salud de Daniel empezó a empeorar a partir del año 2010. Fue entonces cuando la apnea del sueño le obligó a acudir a los servicios médicos para subsanar un problema grave que iba a más. «A decir verdad, mi mujer me engañó para ir al hospital. Primero me llevó al centro médico de Fingoi, y luego me llevaron al HULA. A día de hoy, estoy vivo gracias a los sanitarios. Les debo todo, y siempre les apoyaré en todas las exigencias que tengan para mejorar su calidad laboral, sobre todo en momentos como este», explica.

Desde hace casi una década, y más intensamente en el último año, los días de Daniel se completan con cosas tan aparentemente banales como observar la calle desde su ventana. Desde su despacho, que da a la Avenida de Madrid, analiza los movimientos de toda una ciudad. Una de sus quejas: las plazas de aparcamiento. Según él, algunas entidades públicas de la zona desaprovechan los lugares de aparcamiento de los que gozan: «Algunas organizaciones oficiales tienen vehículos que no mueven nunca, y los tienen ahí ocupando un montón de espacio para nada. Es una pena, porque muchas veces he visto como repartidores y otros «currantes» se llevan multas de tráfico por aparcar en donde no está permitido. ¡Pero es que no tienen sitio! Creo que aquí el concello debe hacer algo», asegura Daniel.

En una ocasión pudo contactar con la alcaldesa, Lara Méndez, para comentarle este problema. Lo hizo a través de una emisora de radio, pero la respuesta de la mandataria no le dejó demasiado convencido. «Creo que la alcaldesa me contestó de una forma algo condescendiente. Yo solo le transmití que estos espacios deberían estar adaptados para la gente que los necesita, por ejemplo, para trabajar. Ella me dijo que todo el mundo quiere aparcar al lado de su casa, y que el que no tuviera sitio, que fuese a buscarlo a otro lado. No tengo nada contra ella, ni mucho menos, pero creo que ahí se equivocó».

Mientras continúen los efectos de la pandemia y él siga sin ascensor, Daniel tendrá que seguir conformándose con observar el mundo desde su ventana, como lleva haciendo desde hace ya mucho. «A mí el virus no me ha cambiado la vida demasiado, más que para meterme en casa definitivamente. Lo que sí que creo es que quienes tenemos un estado de salud delicado respetamos más al virus. Quienes no se lo toman en serio deberían verlo desde nuestros ojos», termina. 

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