Alfredo Labajjo


La publicación «Revista Art», en la que tiene mucho que ver el lucense Lorenzo García-Diego, en un número anterior dedicado a Alfredo Labajjo lo señalaba como el último bohemio. Por mi parte creo que solo conocí a dos bohemios de verdad en mi vida: al poeta Carlos Oroza, también lucense, de Viveiro, y a Labajjo. No sé si Alfredo sería el último de la saga pero desde luego puedo afirmar que fue bohemio hasta el último de sus días, o quizá más en sus últimos años, cuando había dejado de pintar aunque dejaba ya una abundante obra. Precisamente parte de su trabajo pictórico puede verse estos días, hasta el próximo día 10 de diciembre, en la galería de arte Nova Rúa.

En un estupendo catálogo, editado por Puchi Saavedra, su amigo y poseedor de una gran parte de la obra del artista, se recoge el variado trabajo plástico del pintor, que puede verse en la exposición: desde sus andanzas por Ancares, en donde vivió durante nueve años, incluso en tienda de campaña para mimetizarse con el entorno y pintar sus paisajes, hasta su obra posterior que recoge desde bodegones a escenas campestres, músicos, animales o personas, desde lo abstracto a lo figurativo, con un colorido que rezuma alegría a pesar de la tristeza de algunos de sus personajes.

En el prólogo del citado catálogo, José de Cora señala que la pintura de Labajjo es como la rupestre de Altamira pero sin bisontes; todo parece confirmarlo desde que Alfredo se instaló en Friol para vivir, pintar y ser rústico y rupestre como a él le gustaba.

Observando ahora sus cuadros me parece estar viendo a Alfredo, comiendo en Crecente o en algún otro figón cercano a Lugo, mientras hablaba más que comía, y nos contaba historias de gentes y de otros tiempos. Porque de lo que no hay duda es que sus cuadros son historias, sus historias, las propias de Alfredo Labajjo.

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