La ruta del esperpento (III)


Tienes nombre de asno. De asno, no de caballo. Asno de extraordinaria corpulencia que se pone encima de las yeguas para procrear mulas y machos. De ahí te viene el nombre. Y ahí te tenemos: presidiendo con sombría chulería nuestro flanco oeste.

Tienes vocación de faro; pero, ay, te falta luz. No alumbras. Te quedas en sombrío vigilante ciego y trasnochado; sombrío, inútil y petardo. El único color de que presumes es el rojo sucio y viejo del ladrillo; ése que en los viejos tiempos de codicia y ambición extrema presumió de aristocrático. Como intentas presumir tú ahora, viejo fantasma, sin darte cuenta de que ese tiempo ya es historia. Qué esperabas, ¿tocar el cielo?... No, querido, el dinero hasta ahí no llega. Tanto presumir de pasta y mira en qué te quedas. Ya ves, ni a faro llegas, no eres más que un esperpento feo y siniestro. Si pudieras inclinarte y verte en ese río de ahí abajo, correrías a abrazarte a las laderas del Picato llorando tu vergüenza. Y ni eso puedes, chavalote. Porque estás anclado, te han clavado bien abajo y llevas años destrozándonos el paisaje. Por eso sigues ahí, tocándonos los huevos, esperando el veredicto que resuelva que te larguen y te arranquen de una vez de cuajo, del tejado a los cimientos.

Ay Garañón, Garañón, quién te ha puesto ahí tan tieso a hacer el memo. De qué presumes, compañero, sabiendo como sabes que tu caso fue un error. Ibas para elegante y te quedaste en eso: unos hierros, unas piedras, ladrillos y cemento. Estás en cueros. En vez de dar cobijo a lujosísimas viviendas te quedaste solo en eso. Vete al cuerno.

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La ruta del esperpento (III)