La ruta del esperpento (II)


Veinte millones invertidos, cinco años no cumplidos y la criatura se nos va. La vida se le escapa día a día pues no tiene quien la quiera. Los unos a la gresca por ver quién paga lo que falta, los otros sin mover un dedo viendo cómo se desangra y el auditorio nuevo se nos muere sin remedio.

Pero qué pasta de horchata nos corre a los lucenses por las venas, hombre. Qué pastilla nos han dado para estar siempre callados. Que yo me entere. Porque mira que hay que ser pacato para que pasen estas cosas sin apenas oírse nada. Qué ocurre, ¿que no interesa el auditorio? Claro, como no se come como el pulpo, o no se bebe como el tinto, o no se ajusta a nuestras viejas tradiciones como el carnaval o el San Froilán, pues aquí no pasa nada. Y a callar. A guardar silencio porque al fin y al cabo qué más da. Total… Y ahí dejamos que se pudra, que se forme el basurero entre nosotros, que lo coma la maleza y que se olvide con el tiempo con el cómplice silencio de un hatajo de pasotas que en lugar de cabrearnos, salir un día a la calle y berrear: ¡qué hay de lo nuestro!, aquí seguimos, estériles e inanes.

Hace 24 años no supimos evitar que nos tiraran un teatro y nos quedamos huérfanos ¡Manda huevos, ni un teatro mísero tenemos!... Bien, parece ser que no se echa de menos. Así nos luce el pelo. Y ojo, habla el calvo; tampoco yo tiro la piedra, que aquí nadie se libra de esta pública vergüenza. Veinte millones de razones, a razón de doscientas por persona son razones suficientes, ¿no creen? ¿Demasiadas?... No lo parece. Pues ahí sigue, ocupándolo quien debe: las ratas.

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