El último habitante de una aldea de Os Ancares: «Isto é un paraíso»

Aigas, a media hora de Navia de Suarna, estuvo deshabitada más de 20 años y llegó a tener 100 vecinos

Al llegar a Aigas, una aldea en la que el límite con Asturias lo marcan las montañas y que está a media hora de Navia de Suarna, concello al que pertenece, la vista se acostumbra a la majestuosidad del paisaje de Os Ancares, que sepulta por unas horas el ruido de la ciudad y del día a día. Allí, en el corazón de la aldea y justo donde acaba la carretera, aparece Manuel López, un hombre de 71 años. Él es el único habitante de Aigas durante el invierno. Al igual que sus tres hermanos, emigró a Barcelona con 16 años, después vivió en Becerreá y finalmente, regresó a su aldea natal hace seis años, cuando se jubiló. No tiene animales, pero sí una pequeña huerta «na que pasar o tempo, con verzas, pementos, tomates e algo de pataca». Aigas fue durante más de 20 años una aldea fantasma hasta que volvió Manuel. De su infancia, este hombre recuerda los fríos inviernos, «pero cando había leña, nunca aparecían os problemas». Además, rememora las mañanas de «ir cas vacas e cas cabras» y las tardes de labranza. Después llegaron los años en los que Manuel vivió en la Ciudad Condal, «cando un é novo acostúmase a calquera cousa, agora unha cidade coma Barcelona resulta moi agobiante», cuenta.

En Aigas hay 12 casas y hace 50 años, en cada una vivían entre seis y ocho personas, por lo que la aldea llegó a tener 100 vecinos. Pero los muros fueron cediendo al paso de los años, «cando era neno, todas estaban habitadas e incluso había pallozas, aínda que xa non quede ningunha», recuerda Manuel con nostalgia y con la mirada perdida en el horizonte mientras le da la espalda a la escuela en la que estudió hasta que emigró. De su colegio, que cerró hace 50 años, solo quedan ruinas. En tiempos, fueron más de 40 alumnos, que llegaban también de otras aldeas. A la hora de comer, se repartían por las casas de Aigas porque muchos de ellos caminaban una hora para llegar a las clases de la maestra, a la que recuerdan con morriña.

Resquicios del verano

Tras la despedida de un verano más, ya en septiembre, en Aigas aún quedan resquicios de los veraneantes que regresaron durante algunos meses a sus lugares de origen. La pandemia también ha convencido a muchos propietarios que han decidido rehabilitar o volver a sus casas natales. Es el caso de José Saavedra, que admite que en Aigas «os veráns son moi pracenteiros porque isto é plena natureza». Este vecino, de 67 años de edad y residente en Arteixo, también se emociona al regresar a lo que queda de escuela. Recuerda que hacían baile en la planta baja, que anteriormente era la corte de los animales. «O baño púxose cando tiña eu 12 anos», añade. Este año, con motivo de la pandemia de coronavirus, Saavedra decidió pasar un poco más de tiempo en su aldea y es que, confiesa, «aquí estamos moi ben».

La época estival fue para muchos un suspiro en el año de la pandemia. Otros, como este jubilado, supieron también aprovechar el tiempo para abrir el baúl de los recuerdos. «Isto é un paraíso, pero antes, a vida aquí era moi dura. Había moito traballo, pero eramos moita xente», sentencian estos dos hombres mientras pasean «polos camiños» en los que tantas veces jugaron.

La ruta de las aldeas deshabitadas por las montañas de Muras

María Guntín

Pancho es uno de los pocos vecinos que quedan en Casateita, en una casa en la que viven cinco personas

Carballás, Ximarás y Bustelo son aldeas vacías en las que ya no vive nadie. Solo quedan animales. Un ejemplo que se podría extrapolar a otras muchas aldeas de Galicia. En Carballás hay huellas de vacas que informan de que los animales han pasado por allí. Hay cinco casas, todas vacías y en ruinas. Sin embargo, bidones de agua y alguna bombona de butano informan de que alguien acude a la aldea de vez en cuando. Posiblemente, los propietarios de las reses acudan a atender a los animales desde núcleos como Vilalba, Muras o As Neves.

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