Soledad (I)


«Cómo estás». «Qué tal lo llevas». La gente se interesa por teléfono o WhatsApp y, naturalmente, lo agradezco. Son conscientes de que vivo solo y de que en soledad me pilla la pandemia. Estoy acostumbrado, les contesto, me entreno poco menos que a diario. Es un decir. Una coña marinera más de las frecuentes con que me despacho. Chorradas. Maniobras defensivas. Patéticas, quizá. No sé. Dependerá de cómo lo interprete cada cual. Quien me oiga, lea, me conozca. Consecuencias de este estado.

Aunque en cierto modo es cierto. Considero. Algo acorazado sí te vuelves. Aprendes a vivir contigo mismo, a exprimir el ego espiritual que llevas dentro y le sacas lo que puedes. Necesidad obliga. Calor, humor, fortaleza…, mecanismos de defensa que se activan sin que tú te enteres. Plastilina emocional para tapar tus puntos débiles. Algo de callo sí que adquieres, supongo. Por eso la embestida del tsunami te pilla con reservas.

Soledad. Versaré sobre este tema cuando pase esta quimera. Mientras tanto, mientras esa mierda con corona sigue haciendo estragos, mientras ese despreciable y ruin piojo okupa y aniquila cuanto puede, mi corazón, mi reserva emocional de plastilina solidaria está con nuestros muertos; con esos que se fueron y se irán. Con sus familias. Sus amigos. Con esos a los que ese miserable ni siquiera permitió la despedida con un beso. Uno solo. Con ellos estoy yo, y los que aplauden, y los que siguen dándole, y los que se matan por salvarles. Va por ellos.

Y por los que quedamos. Porque sí, esta soledad nos hace fuertes, pero… cuán amargamente solos la pagamos. En mi ventana aquí en el alto, leyendo a Bécquer.

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