El caso del impuesto a las hipotecas, un guion para película de cine de barrio


«Los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa». La certera comparación que puso negro sobre blanco Enrique Jardiel Poncela tiene poco sentido en estos días. Pero solo porque ya no quedan cines de barrio; porque lo de que los políticos, en general, dicen una cosa y hacen otra, es algo de todos los días. A nadie extraña que Pedro Sánchez diga una cosa a la hora del desayuno y haya hecho la contraria antes de la cena; a nadie sorprende que el AVE que iba a traer a Lugo Feijoo no llegue ni a ferrobús; no hay nadie con cara de pasmo cuando la alcaldesa de Lugo alaba la gestión de su gobierno mientras los servicios municipales se desmoronan uno tras otro. Todo eso, en el tiempo de la posverdad institucionalizada (la mentira, sin más), se da por inevitable. Pero que el Tribunal Supremo, el de las sentencias que son jurisprudencia, falle en un sentido y poco después pretenda revisar el fallo, por puro acoquine, asusta. Lo del Supremo y el impuesto a las hipotecas no es un cambio en el programa del cine de barrio; es el guion de una mala película de terror para cine de barrio.

En las conversaciones de café en Lugo durante las últimas horas, la cantada del Supremo fue uno de los temas preferidos. Más que los ya sobados debates acerca de la prolongada desaparición de las calles de la ciudad de los policías locales; más aún que las especulaciones acerca de qué mal aqueja a los músicos de la Banda que, pese a cobrar de lo que apoquinan los contribuyentes lucenses, no ofrecen conciertos. Lo relevante en las barras este fin de semana es el impuesto a las hipotecas y el Supremo. A alguien en el alto tribunal le temblaron las piernas cuando escuchó los rugidos que salían de los grandes despachos de la banca española. A alguien se le atragantaron todos los códigos legales y le entraron unas enormes ganas de decir Diego donde había dicho digo. Y en Lugo, sí, en Lugo, en la ciudad pequeñita, tan acostumbrada a resistir lo que sea sin rechistar, al ciudadano de a pie le dio la risa. En la ciudad de las grandes y eternas investigaciones judiciales, el tembleque en el Supremo provocó más hilaridad que frustración. Los lucenses no pueden ir al cine de barrio para olvidar, porque no quedan; solo pueden disfrutar de la risa que provocan las malas películas de terror.

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