El peligro está en las fiambreras


No deja de ser curioso que entre las medidas adoptadas por el Ayuntamiento de Foz se incluya la persecución de la costumbre de comer en el césped de A Rapadoira. Por mucho que lo intento no consigo verle nada de malo a la actividad si dejan recogidas las cosas. Sin embargo, se ve que es algo preocupante para la corporación porque el sábado dos agentes locales se encargaban de disuadir a los presuntos infractores de la tortilla y la gaseosa. Paradógicamente nadie pasa a las once de la noche para comprobar cómo el botellón aprovecha las mesas de piedra instaladas con dinero público, y cómo bajo el brillo de los mecheros se queman piedras de costo sin disimulo alguno. Por la mañana, eso sí, se recogen rápidamente los muchos restos para que parezca que “aquí no ha pasado nada”… pero ha pasado, vaya si ha pasado, como podemos constatar muchos cuando nos despiertan a las cinco de la mañana los gritos de los que disfrutan de su juerga particular.

No seamos cínicos, muchos hemos hecho botellón, o al menos nuestra versión, más descafeinada ya que un par de botellas daban para una noche de diez personas. No se trata de eso sino de lo chocante que resulta que mientras el alcohol entre jóvenes corre como el agua, los que vienen a pasar el día con el túper de tortilla y los filetes empanados los tienen que esconder de la policía como si fueran fardos de coca. Llevo más de 25 años viniendo a Foz, que considero mi segundo hogar, y no recuerdo que haya habido problemas de convivencia en el césped.

Mi abuela disfrutaba de la sombra de los árboles cuando no podía bajar al arenal y no le oí jamás protestar porque los vecinos le dieran al bocata de lacón. Al revés, lo suyo era entablar una amistosa conversación en que no faltaba un “si gusta usted…”.

Había libertad para disfrutar cada cual y respeto. Se ve que estaba equivocado y que el verdadero peligro para Foz está en las fiambreras.

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