Funcionarios y políticos que crean situaciones desesperantes


«Una situación se convierte en desesperada cuando empiezas a pensar que es desesperada». El aviso de Willy Brandt, uno de los grandes de la socialdemocracia, es de plena aplicación al Concello y a la Diputación de Lugo. Es evidente que el estado de cosas en cada una de esas instituciones no parece desesperado para quienes las dirigen; a ellos no, pero sí les parece desesperante a muchos de los lucenses que con sus impuestos llenan las arcas que administran. Que en una capital, acogida a la ley de grandes ciudades, se viva en la Diputación un pulso entre su presidente y el presidente de la sociedad urbanística dependiente de la propia institución, parece una situación desesperada. Que en la misma ciudad quepa la posibilidad, por remota que sea, de que el cementerio municipal se quede sin personal para atenderlo, parece una situación desesperada y es desesperante.

Numerosos contribuyentes sienten que se trata de situaciones desesperantes las que se viven en el Concello y en la Diputación, instituciones que gestionan servicios básicos. Y no solo por el papel fundamental de los que gobiernan; también ante la muy evidente falta de responsabilidad de un creciente número de funcionarios que tienen la obligación de hacer que las instituciones funcionen. Con frecuencia se atribuye a Ortega la afirmación de que «todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes». Si se juzga por lo que ocurre en algunos departamentos municipales, no es suficiente el descenso en el escalafón. Qué se hizo de aquellos secretarios capaces de organizar ejércitos de burócratas, qué de los jefes de servicio con criterio propio; dónde fueron a parar ingenieros y arquitectos seguros de que lo que firmaban era lo mejor para su ciudad. Dónde están los sindicalistas para los que no solo contaba el incremento salarial. Quizá fueron a parar al mismo baúl de la Historia que los políticos que en la oposición hacían algo más que exponer ocurrencias para justificar la nómina.

Ganivet (1865-1898) escribió: «Estamos condenados a padecer eternamente bajo el poder de los hombres [hoy hay que añadir: y mujeres] decorativos [as]». O sea, bajo el poder de los que crean situaciones desesperantes en lo público.

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