Entre la demagogia y la nadería política


Cualquiera de las dos acepciones de «demagogia» (RAE) pone de manifiesto que el filólogo Croiset estaba en lo cierto cuando dijo: «La demagogia es el peor enemigo de la democracia». Por eso, cuando la alcaldesa Lara Méndez asegura (de nuevo lo hizo en el pleno del jueves) que su gobierno opera bajo la premisa de «poñer á persoa como protagonista de calquera acción de goberno», el cronista tiende a pensar que se ha expresado mal, que ha sido víctima de una confusión fruto de la tensión del momento, quizá de un exceso de trabajo. Lo que no quiere pensar el cronista es que no sopesa lo que dice; peor aún, que sabe bien lo que dice y recurre «al peor enemigo de la democracia» en defensa de sus intereses.

Méndez y otros en la izquierda y en la derecha están empeñados en hacer creer a los mortales votantes que su mérito es gobernar para las personas. ¿Y para quién van a gobernar? ¿Para el poni perdido en Duquesa de Lugo? Quizá quiere decir que da prioridad a la política de servicios sociales. Y si es a eso a lo que llama gobernar para las personas, ¿en quién piensa cuando contrata la pavimentación de una calle, la instalación de un alumbrado público o la renovación de un alcantarillado? ¿Acaso piensa, cuando de obras se trata, en el interés de las cementeras, de los fabricantes de ladrillos, de las petroleras y de los expendedores de fundas de trabajo? Es seguro que no; seguro que, desde el legítimo deseo de ganarse el favor electoral de los administrados, la alcaldesa intenta mejorar sus vidas. Y, siendo así, por qué esa molesta persistencia de la socialista Méndez y otros en refugiarse en la nadería política y en la demagogia, en «el peor enemigo de la democracia». Los votantes merecen otra cosa.

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