La memoria sale de paseo

Juan Soto (Cronista oficial de la provincia) CRONISTA OFICIAL DE LA PROVINCIA

LUGO

14 may 2016 . Actualizado a las 10:51 h.

Antes de que en esta calle se aposentase el imperio textil de Amancio Ortega y los jóvenes comisionistas de Children?s of Africa empezaran a ganarse la vida vendiendo bonos a los transeúntes, aquí se respiraban sucesivos aromas que la pituitaria de los lucenses identificaba automáticamente con el acontecimiento que los inducía. Los días de precepto y fiestas de guardar pertenecían a la vainilla de la crema pastelera que se elaboraba en el obrador de Alejo Madarro y aromatizaba los frescos de D?Almonte. En Semana Santa, sobre un olor a cirios ardiendo se imponía el eco de un vozarrón oscuro que a través de un megáfono nos culpaba del drama del Gólgota. Llegaba el sol del Corpus y eran las deposiciones incontroladas de la caballería militar de Garabolos las que imponían su acre olfacción sobre una calle todo el resto del año pacíficamente ocupada por comercios de pañería y ropa de cama. Llegadas las vísperas navideñas y antes del aterrizaje de Rafael Fusalba con su munición de libros viejos, en el portal de la casa que ahora acoge al cronista acampaba un turronero alicantino con su alquimia de miel, azúcar y almendras tostadas. Bastaba que el frío concediese una tregua para que en las horas centrales de los festivos la calle se poblase de muchachos oliendo a Varón Dandy y de chicas dispuestas a llegar intactas al altar.

Rebautizos coyunturales

La calle, que desde la desafección gubernativa hacia don Joaquín Cayuela los lucenses llamaron siempre de la Reina, haciendo caso omiso de los rebautizos coyunturales, la calle, decíamos, conserva bastante de sus antiguas huellas, consecuentes con un pasado que, pese a lo que se diga, tuvo mucho más de mercantil que de aristócrata. Pero son pocos los inmuebles que responden con cierta fidelidad a la traza con que nacieron y a las funciones para las que fueron levantados. Solo una de sus esquinas permanece como hace un siglo: la de la iglesia del antiguo convento de dominicas, si bien con la fachada modificada en 1914. El resto del cenobio, apenas reconocible más que por el vestigio claustral, es hoy dominio de la Agencia Tributaria. Enfrente, el recuerdo del viejo Méndez Núñez, es decir, de La Española, la fonda que en 1876 acogió al desterrado Nicolás Salmerón. Mucho de la historia del Lugo del último siglo y medio pasa por este hotel, reconvertido ahora a las exigencias del gran confort.

De las dos esquinas de salida, lindantes con la plaza de Santo Domingo, nada queda. El poderío de las ópticas en franquicia enseñorea el panorama. Quienes recuerden el antiguo Bazar Moderno y el comercio de Quintana Peláez convendrán con nosotros en que, en materia de estética urbana, no se ha ganado gran cosa con el cambio.

Líneas arriba queda dicho que la de la Reina fue calle de tejidos y novedades. Casi como ahora, solo que sin explotación infantil en Camboya en Pakistán o en Bangladesh. Espejos de cuerpo entero, largos mostradores de madera y obsequiosos empleados de americana gris, camisa blanca y corbata. Piezas de cheviot y Tamburini para cortes de traje con doble botonadura. Comercios de Antonio Díaz, de Benigno de la Mota, de Carro Crespo, de Domingo Alonso, de González Lenza, de Serafín Rey, de Antonio Chaín... El género varonil se lleva a confeccionar al sastre José Montesinos, maestro en el corte moderno, siempre con los dedos marcados por la azulina del carboncillo. Los hijos de Simeón García basan el prestigio de su negocio en la paquetería al por mayor. La mercería al por menor va por cuenta de Antonio Fernández y Fernández. Y las prendas en blanco se compran a doña Amalia Roldán. La venta de quincallería fina corresponde a Santos Pérez. Y la de sombreros, a Jesús Iglesias. En los bajos de la casa del viejo banquero Nicolás Soler está los almacenes Nuevo Mundo. Un joven médico, el doctor Pardo Gil, y la familia de Carlos Pedrosa Pérez se reparten la primera planta, a izquierda y derecha. En el segundo rellano se abre la vivienda de José Pedrosa Ulloa y su esposa, Teresa Pardo Pallín, y la de la familia de Tomás Pérez, el boticario a quien los lucenses conocen por el afectuoso diminutivo de Don Tomasito.